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Fiesta en la Plaza

A lo largo de mi, ya un poco larga, existencia, he celebrado la Independencia en muchos lugares, y festejado el Grito también de muchas y muy variadas maneras

Ernesto  Camou

BATARETE

Esta semana festejamos el aniversario 216 del Grito de Dolores, el inicio de la guerra por la independencia que sería consumada el 24 de febrero de 1821 con el Plan de Iguala firmado por don Agustín de Iturbide y don Vicente Guerrero. En esa fecha, hoy celebrada como día de la bandera, inició la vida independiente del País. Fue Iturbide quien encargó a un sastre de Iguala la confección de la primera bandera: Un costurero, José Magdaleno Ocampo, también peluquero en sus ratos libres, cosió el primer lábaro que simboliza los postulados del Plan de Iguala: El verde, la independencia, el blanco, la religión y el rojo, la unión de los mexicanos.

A lo largo de mi, ya un poco larga, existencia, he celebrado la Independencia en muchos lugares, y festejado el Grito también de muchas y muy variadas maneras: Sigue siendo un festejo atractivo por más que tengo una cierta alergia a las concentraciones multitudinarias. Prefiero verlas de lejitos.

De niño en aquel Hermosillo viví a dos cuadras de la Plaza Zaragoza y el Palacio de Gobierno, y no me perdía la Noche del Grito recorriendo la Plaza con la palomilla del Centenario, evitando buscapiés y palomitas, deslizándonos por las “resbaladillas” del Kiosco, mercando “duros” con chile y esperando ver al Gobernador salir a vitorear a México y a los héroes que nos dieron patria.

Una hermana de mi abuela vivía en una casa adosada a la Catedral, que luego se tumbó para hacer dos atrios laterales al templo, y ahí recalábamos los chamacos de vez en cuando, a estar con la familia reunida, mi abuela y sus hermanas, mis padres y las primas de mi madre, más una regular banda de primos y primas que nos acompañaban en las correrías por la Plaza y el Centenario enfiestado. Ahí íbamos a refugiarnos si había algún borlote en la fiesta, o a tomar una limonada bien fría cuando nos azotaba el calor septembrino.

El primer Ejecutivo estatal que recuerdo en aquella ceremonia fue don Álvaro Obregón Tapia, el hijo de su padre. Varias veces lo observé salir al balcón, dar el Grito y ser respondido con entusiasmo por los asistentes; hasta que, en 1960, a raíz de un conflicto magisterial, algunos asistentes cortaron naranjas agrias en los árboles de la plaza y propinaron una tromba cítrica al Gobernador. Al año siguiente, una semana antes, la Policía Municipal pizcó todos los frutos de los árboles de la plaza.

Después del Grito iniciaba el espectáculo que esperábamos: Los fuegos pirotécnicos que surgía del techo del Palacio e iluminaban el cielo con luces fosforescentes de colores inusitados. Nos maravillábamos viendo la noche surcada por flamas voladoras que explotaban en cientos de llamitas centelleantes en rojos, azules, verdes, amarillos y hasta violetas, pequeñas esferas efímeras que adornaban el cielo por unos segundos mientras caían silenciosamente hacia la multitud extasiada.

Al terminar aquello, en el camellón adjunto, se quemaba el castillo, una estructura de madera colmada de pirotecnia, cuetes y cuetones que retumbaban estentóreamente, mientras más arriba unos grandes discos de palos daban vueltas, impulsados por la fuerza de luminarias atadas al anillo, que dibujaban grandes círculos de luz multicolor y terminaban soltándose y volando sobre la multitud, derramando chispas refulgentes en su vano intento de fugarse hacia la noche prematuramente iluminada.

Apenas estaba terminando la quema de los castillos cuando salían algunos valientes cargando los “toritos”, un remedo de vacuno sobre su cabeza aderezado con cuetes y fuegos artificiales, que perseguían a la multitud con sus tronidos y luces centelleantes, provocaban chillidos de las mujeres, y risas de los varones, hasta que embestían contra ellos y los movían a una prudente retirada.

Para entones ya pasaba de la media noche, cansados, sudorosos y con olor a pólvora quemada caminábamos en bolita hacia nuestras casas: Yo vivía a dos cuadras de aquel jolgorio, llegaba pronto y más rápido aún estaba dormido, exhausto y feliz.

Ernesto Camou Healy

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