El Imparcial / Columnas /

Días de verano

Me pasaba el día descalzo, entre mi casa y las de mis vecinos y familiares

Ernesto  Camou
Agregar EL IMPARCIAL en

Batarete

Aquel Hermosillo de mi primera adolescencia era muy diferente del actual: En esos años, 1960, la ciudad no ajustaba aún los 100,000 habitantes, y podíamos caminarla de un extremo al otro. Yo vivía en el lado Poniente de la ciudad, frente a los prados del Centenario dos cuadras atrás de la Catedral y la Plaza Zaragoza, y sólo tenía que caminar unas seis manzanas para llegar a donde iniciaban los naranjales y una brecha que nos llevaba hasta la vieja iglesia de San Antonio.

En ese tiempo era frecuente, en las mañanitas, observar en los camellones del Centenario vacas pastando en aquello jardines; también veía liebres orejonas que se arriesgaban a buscar su alimento en las oscuras madrugadas. Era una ciudad pequeña, un poco rústica y muy acogedora.

Los secundarianos teníamos vacaciones desde mediados del mes de junio hasta inicios de septiembre: Dos meses y medio de asueto y una libertad cuidadosamente controlada por los padres y la tribu de tías, tíos y primos que constituían un amable ruedo protector para la chamacada que comenzaba a experimentar una vida un poco, nunca demasiado, alejada de la casa paterna y el barrio familiar.

No había televisión lo que me facilitó concentrarme en la lectura de novelas: Alguna Navidad anterior me había “amanecido” un pequeño librero con 60 volúmenes de clásicos de la literatura, la Colección Juvenil Cadete, que aproveché en aquellas mañanas y tardes calurosas que impedían la tímida vagancia a la que nos dedicábamos en cuanto el sol anunciaba su retiro crepuscular.

Me pasaba el día descalzo, entre mi casa y las de mis vecinos y familiares: Inmediatamente al lado vivían mis abuelos paternos, luego los abuelos maternos y en la esquina, mis primas y primos hermanos, cómplices de correrías y travesuras. Lo dicho, un pequeño clan que compartía territorio y hábitat con la muchachada y vecinos del barrio aquel.

Cuando me cansaba de la lectura salía a recorrer las casas de mis tíos o los abuelos, en búsqueda de tropa y convivencia. A veces, con un poco de suerte, podíamos ir a la alberca del Hotel San Alberto que un tío manejaba. Eran mañanas de lujo, aquellas.

Antes de la comida la familia se juntaba en la casa de los abuelos, don José Santiago Healy y Laura Noriega V. Escalante, mis papy y mamy como les llamábamos, en la que por una media hora los adultos tomaban un vaso de cerveza, luego fue jerez, y los críos limonada bien fría. Muy de vez en cuando recalaba el tío Carlos Balderrama junto con la tía Leonor, hermana de la mamy, seguido de un empleado de la Cervecería de Sonora que llevaba un sustancial “pichel” de cerveza que le mandaban todos los mediodías al tío, que era el gerente. Se hacía la fiesta.

Por las tardes, salíamos a pasear a los prados, a reunirnos con la palomilla y caminar hacia la Plaza Zaragoza, subirnos al kiosco y dar vueltas por sus anchas banquetas. En esos años la Plaza tenía faroles que adornaban y alumbraban el ambiente, pero en los camellones sólo había un poste con un foco mortecino: El barrio ingresaba a una penumbra sugerente y quizá tenebrosa, muy adecuada para contar historias de aparecidos, bultos y fantasmas que merodeaban por las esquinas y los arbustos, al amparo de una oscuridad amenazante y tentadora.

Ya un poco más grandes caminábamos hacia el Poniente, atravesábamos un camino polvoriento que luego sería la avenida Reforma y nos adentrábamos hacia potreros y huertas hasta encontrar las ruinas del templo de San Antonio. Ahí, bajo un cielo estrellado que todavía me asombra, tratábamos de encontrar las Osas, la mayor y la menor, la estrella Polar y Venus, Mercurio y Marte.

A las 9:00 en punto se escuchaba la sirena de los bomberos, señal ineludible para volver a casa. Dormíamos de las 9:30 hasta cerca de las 8:00 de la mañana siguiente: ¡qué maravilla!

Ernesto Camou Healy

Sigue nuestro canal de WhatsApp

Recibe las noticias más importantes del día. Da click aquí