Escenografía de la alucinación
Esa práctica continúa, reflejando un vicio dogmático de quien se asume como dueño, proyectando falta de carácter para romper con dicha costumbre: El mismo escenario, pero sin la novedad del personaje.
SEPTENTRIÓN
La memoria cultural no es una invención; abarca todas las manifestaciones humanas, desde la literatura hasta los monumentos y edificaciones, la arquitectura es parte fundamental de esta evocación formativa: El uso, estado y posesión de los edificios históricos nos dicen más del presente que del pasado.
Son la voz petrificada del ayer, en el trato que les damos se manifiesta nuestro diálogo con el pasado y con los lugares donde generaciones enteras han coincidido, es algo más que simbolismo, es la concurrencia en un espacio donde se contiene el tiempo y la memoria.
El régimen actual somete los sitios históricos a absurdos con el afán de crear un nuevo relato patriótico, no hay nada tan viejo como el proceder escandaloso de un Gobierno ni el trato autoritario del poder hacia los bienes públicos, a esto han expuesto al Palacio Nacional, un sitio que han vulgarizado al extremo de convertirlo en testigo de situaciones vergonzosas. Un espacio secuestrado y tratado como un emplazamiento de representación mediática; si no es respetado por la mandataria, menos lo será por sus empleados o familiares; apropiarse de un palacio virreinal no tiene mérito democrático ni constituye un ejemplo edificante.
Hace siete años se retomó la oprobiosa práctica del uso patrimonialista del Estado, en mayo de 2019 el Palacio de Bellas Artes fue utilizado para un homenaje a un jerarca religioso, reconocimiento promovido por Morena (En el Palacio de Bellas Artes un ‘‘apóstol de Jesucristo’’ repartió bendiciones, La Jornada 18 mayo 2019). Hoy ese religioso purga una condena por pedofilia en los Estados Unidos.
Esa práctica continúa, reflejando un vicio dogmático de quien se asume como dueño, proyectando falta de carácter para romper con dicha costumbre: El mismo escenario, pero sin la novedad del personaje.
En el sexenio anterior, el mandatario se asumía como un nuevo Benito Juárez, rasgo patológico de quien carece de ideas, para ese propósito requería un espacio de representación, un lugar que lo proyectara como lo que nunca fue, Palacio Nacional se convirtió en la escenografía de la alucinación. El siglo XX es una lección sobre los delirios y sus consecuencias, basta asomarse al franquismo:
“(...) la intoxicación de la victoria de 1939 fue tal que Franco, a pesar de la evidencia específica de lo contrario, ya se creía Felipe II. Existen unos despachos de representantes americanos, alemanes, británicos y portugueses a lo largo del año 39 en que los diplomáticos destinados en Madrid muestran su extrañeza frente al hecho de que alguien que siempre les ha parecido un hombre prudente, cuidadoso y lento haya enloquecido”. (Paul Preston, El gran manipulador: La mentira cotidiana de Franco, 2008).
La Presidenta imita y como toda imitación termina en caricatura de la ocurrencia, como Jefa de Gobierno de la Ciudad de México cometió el mismo exceso, apropiarse indebidamente del legado cultural para su cuidado y conservación; retiró placas conmemorativas y removió conjuntos escultóricos para imponer un relato urbano distinto, como si esto pudiera cambiar la historia. La arbitrariedad y el ridículo caminan de la mano.
Ella no lo advierte -está ideológicamente impedida-, ese desdén por el patrimonio le costará mucho más que el rédito político que pretende extraer al adueñarse de Palacio Nacional. Mientras que la crítica al abuso del espacio público le costó el puesto a una persona, a ella le costará el descrédito de su administración; un daño que no se mide por quincenas.
En una democracia el uso respetuoso del patrimonio histórico es un instrumento ético que llama a la unidad bajo una memoria colectiva. La desmemoria es el objetivo del despotismo depredador.
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