Viernes de Dolores
En mi infancia y adolescencia era un día especial: Era la última jornada de clases y teníamos nueve días de asueto por delante.

Batarete
Ayer fue viernes de Dolores, el preludio de la Semana Santa. Onomástico de mi bisabuela, doña Lolita Escalante de Noriega, madre de mi abuela y la tía Lolita de González y varias primas que ostentan el nombre de la Virgen de los Dolores. En mi infancia y adolescencia era un día especial: Era la última jornada de clases y teníamos nueve días de asueto por delante. Pero el día de santo de la bisabuela no pasaba desapercibido: El clan de los Noriega Escalante, siempre estuvo muy dispuesto a festejar, y hacerlo de manera rumboa y multitudinaria: Entre vástagos, nietos y nietas más los bisnietos, éramos una regular horda, bien portados sin duda, pero bastante bullangueros.
En una ocasión consiguieron una casa en Miramar, cerca de Guaymas, frente a las olas mansas del Golfo de California. Varias familias llegamos desde Hermosillo, y otras desde lo que entonces conocíamos como Cajeme. Éramos muchos y ahí pasamos un fin de semana muy ajetreado: Había música continuamente, que salía de un tocadiscos con volumen potente.
Las chiquillas y chiquillos, los buquis pues, alternábamos el chapoteo en las olas de aquel mar bonachón, y largos ratos en la terraza donde las tías y abuelas, más la festejada, bailaban con el ritmo de danzones y boleros, muertas de risa y con un vaso de cerveza helada en la mano. A veces conseguían que alguno de los tíos accediera a bailar una o dos piezas, para luego volver al corrillo de hombres, hermanos y parientes, congregados alrededor de un barril comentando las noticias y los chismes que también interesaban, atentos al mutismo elocuente del presidente Ruiz Cortines, o preocupados porque el dólar ya rondaba los 8 pesos.
Como era viernes de Cuaresma la mesa se llenaba de platos con camarones, filetes de pescado, arroz, birotes tostados con mantequilla, sodas para los chamacos y High Life de barril para los adultos. Afuera, a un lado de la terraza, había uno o dos sacos de ostiones colmando una hielera, y un señor muy acomedido abría las conchas y las iba colocando sobre hielo molido, en charolas coloridas que proporcionaba la Cervecería de Sonora. Una o dos docenas de moluscos alrededor de un platito con limones partidos, salían hacia los grupos de comensales que no despreciaban aquel fruto del mar cercano.
Yo no llegaba a los 10 años y descubrí que los ostiones frescos y fríos con unas gotas de limón eran deliciosos, además de exóticos. Guardé fila, una y otra vez, para recibir mis dos ostiones, sorberlos con fruición y retornar a la cola, hasta que mi mamá decidió que debería comer también un plato con arroz y un pedazo de filete de pescado. Pero la afición a ostras, almejas y ostiones permanece intacta, como aquel día que los detecté, pasaditos los 9 años.
Después de la comida mi madre y las tías decretaron que debíamos pasar unas tres horas en moderado reposo antes de volver al agua, no nos fuera a dar una congestión. Así evitaban un ejercicio que podía impedir la digestión y, sobre todo, nos protegían de los rayos del sol, siempre inclemente por estos rumbos.
Cuando el sol iba bajando hacía el horizonte, adultos y niños nos acercábamos a las olas, para atestiguar el momento en que se hundía en la mar. Eso marcaba un punto de inflexión, las conversaciones se iban tornando casi susurros, el sol se escondía y dejaba una claridad leve que persistía unos minutos; soplaba entonces una brisa fresca con olor a mar y aparecían las primeras estrellas.
Nosotros, tirados en la arena, nos arropábamos con toallas y oteábamos el cielo. Un tío se acercaba y nos mostraba alguno de los planetas y luego apuntaba a la Vía Láctea, un río de miles y millones de estrellas de las cuales, nuestra tierra formaba parte, y alguna tía comentaba, piadosa, “es enorme, pero Dios que la formó, es todavía más grande...”.
Ernesto Camou Healy
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