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A 30 años de San Andrés Larrainzar

...el diálogo propiciado por la ley Cocopa permanece inconcluso, y la paz y justicia siguen siendo una aspiración truncada.

Ernesto  Camou

Batarete

El primero de enero de 1994 debería entrar en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan), que el presidente Salinas consideraba su principal éxito. Pero esa madrugada un grupo de indígenas chiapanecos armados con palos y machetes más algún viejo fusil, tomaron la ciudad de San Cristóbal de las Casas, y sorprendieron al mundo con su atrevimiento.

Se identificaron como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y exigían “techo, tierra, trabajo, pan, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz”. Ese día tomaron también las ciudades de Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas, para denunciar la marginación y el racismo contra los pueblos originarios.

La respuesta de Salinas fue contundente. Por unos días vimos por la televisión aviones dejando caer bombas sobre presuntos refugios zapatistas en los Altos de Chiapas.

Hubo combates en el mercado de Ocosingo y otros parajes de la región. La reacción de la ciudadanía fue categórica: Muchos conocíamos la situación de esas etnias. Por todo México se levantó un llamado al diálogo, en el entendido de que los pueblos indígenas habían sufrido por siglos marginación y represión, y sus demandas tenían soporte en su historia y realidad: Por todo México, en Europa, los EUA y también en Sonora, hubo protestas por la masacre que se anunciaba; y se consideraba urgente abrir un proceso de diálogo y concertación para escucharlos y resolver sus justas demandas.

A lo largo de aquel año se hicieron algunos intentos de encuentro entre zapatistas y Gobierno, pero no prosperaron. En marzo asesinaron al candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio y tuvo que entrar de relevo Ernesto Zedillo.

Hubo varios intentos de concertación, que fracasaron hasta que, entrado 1995, se formó la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa) para promover cambios constitucionales y establecer un proceso de diálogo que tendría lugar en San Andrés Larrainzar durante la segunda mitad de aquel 1995. El acuerdo fue que habría cuatro mesas sucesivas cuyos temas eran: Derechos y cultura indígena, Participación y representación política, Justicia y cultura y Bienestar y desarrollo. Cada mesa constaría de varias sesiones de una semana, que culminaría en acuerdos parciales que firmarían Gobierno y zapatismo, y se pasaría al siguiente tema. Así hasta completar los cuatro temas.

Yo había realizado investigación antropológica en Chiapas y conocía la vida y trabajos de aquellas etnias descuidadas por el Gobierno, durante décadas y siglos. Cuando se iban a iniciar las pláticas en Larrainzar, la delegación gubernamental se integró con conocedores de la situación que trabajaban en dependencias gubernamentales. Los zapatistas, por su parte, invitaron a simpatizantes de las etnias que estuvieran al tanto de la problemática que vivían.

A mediados de octubre de 1995 los zapatistas comenzaron a integrar su cuadro de asesores. A mí me llegó una invitación a mediados del mes y decidí viajar de inmediato a Chiapas. En San Cristóbal me entregaron una invitación firmada por el Sub Comandante Marcos, y se me reconoció como asesor para la primer mesa. Me encontré con muchos amigos y conocidos de aquellos años vividos en comunidades y aldeas chiapanecas y todo el Golfo de México.

La lista de asesores era impresionante: Intelectuales y activistas conocidos con historial de compromiso desde antiguo: Yo iba a aprender y colaborar según mis posibilidades.

En los siguientes meses viajé en varias ocasiones para participar en los diálogos, a veces tensos, a veces más tranquilos; pero se avanzaba. Los acuerdos parciales se firmaron en febrero de 1996, hace 30 años. Los comandantes Tacho y Moisés estaban satisfechos, nos comentaron.

Sin embargo, el régimen de Zedillo muy pronto demostró que no iba a cumplir con los acuerdos. Los zapatistas declararon que no valía la pena continuar con las pláticas para la paz con justicia y dignidad, si la otra parte no demostraba voluntad de cumplir.

Desde entonces el diálogo propiciado por la ley Cocopa permanece inconcluso, y la paz y justicia siguen siendo una aspiración truncada.

Ernesto Camou Healy

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