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El elefante

La sorpresiva maniobra hostil contra Venezuela dejó a analistas y gobernantes en todo el orbe bastante turulatos: Algunos intentan reaccionar con cautela y pasmo.

Ernesto  Camou

Batarete

Esta semana ha sido indudablemente insólita y turbadora gracias a los desplantes de elefante en cristalería del veleidoso gobernante del país vecino. Empezó la semana atacando Caracas y secuestrando al presidente Nicolás Maduro y su esposa, a los que trasladó a suelo norteamericano para que sean juzgados por una serie de imputaciones muy poco verosímiles y aún ridículas: Narcoterrorismo, un cliché que usa el gringo contra cualquiera que no esté dispuesto a obedecerle; importar cocaína a los EUA, posesión de ametralladoras y armas destructivas.

Resulta contradictorio que acusen a Maduro de llevar cocaína a los EUA, y a la vez perdone Trump a un delincuente condenado ahí mismo por trasladar 400 toneladas de droga para su venta, como acaba de hacer con el ex presidente de Honduras. Además, los expertos afirman que Venezuela no produce estupefacientes, ni los distribuye internacionalmente.

Acusar de poseer ametralladoras y equipo de destrucción, a un mandatario de un país extranjero, que debe tener militares que le cuidan y protegen, es absurdo: Esas armas estaban en Caracas, no en Manhattan ni San Francisco, Miami, Chicago o Bisbee... Con esa lógica disparatada se puede acusar a cualquier soldado del ejército norteamericano por portar armas cuando está en un desfile, en una escalada contra un país “amigo” o una labor de vigilancia rutinaria.

Por otra parte, el mismo Donald muy pronto se olvidó de los pretextos para el rapto: En su discurso descarado afirmó que a él le interesa el petróleo de Venezuela, que sólo permitirá que lo venda a Estados Unidos pagando, eso sí, dice, un precio justo, y los montos se depositarán en cuentas en dólares en EUA, para financiar el desarrollo de la Venezuela sometida. Pero su Gobierno, el de Trump por supuesto, las controlará para “apoyar” la “transición ordenada al capitalismo” de la misma Venezuela. Con el historial de embustes del ocupante de la Casa Blanca, debemos recelar de su sinceridad y su preocupación por el bienestar del pueblo que atacó y bombardeó el martes pasado.

La sorpresiva maniobra hostil contra Venezuela dejó a analistas y gobernantes en todo el orbe bastante turulatos: Algunos intentan reaccionar con cautela y pasmo. Llama la atención la respuesta holandesa a dos días del desaguisado: En un comunicado del Ministro de Defensa de los Países Bajos, Ruben Brekelmans, declaró que las fuerzas militares holandesas sólo operarán en sus aguas territoriales caribeñas, y no cooperarán con los EUA en misiones de altamar, como lo han venido haciendo desde hace años, para controlar el tráfico de estupefacientes. “Somos diferentes -afirmó- cuando detectamos contrabando de droga, tratamos de arrestar y enjuiciar a los responsables. No andamos destruyendo embarcaciones”.

Y continuó el ministro holandés asegurando que no proveerán de barcos, helicópteros o instalaciones, ni auxiliarán a Washington, y que los métodos y operaciones que los Estados Unidos están llevando a cabo, serán su sola y estricta responsabilidad: “Nosotros no participaremos en esas acciones, aunque seguiremos protegiendo al Caribe holandés”, esto es, las islas de Aruba, Curazao y Bonaire, situadas frente a las costas de Venezuela.

El anuncio se da en un contexto de irritación creciente por el secuestro del mandatario de un país vecino, en una clara violación a la soberanía y al Derecho internacional, y que pone en entredicho la estabilidad regional, el espacio aéreo y la seguridad de naciones y moradores del mar Caribe.

Otros estados comienzan a reaccionar mientras Trump, encajonado en su berrinche imperialista, amenaza a México -gobernado por el narco, afirma-, a Colombia y Groenlandia, y a quien en su delirio le parezca un blanco para sus intimidaciones, mostrando una patente desconexión entre su exigua capacidad intelectual y anímica, y la realidad de un continente muy distinto del que hace 200 años sufrió una andanada de violencia y expoliación basada en lo que se conoció como la Doctrina Monroe (“América para los americanos”, los gringos quería decir) y que ahora cree que puede reinstaurar.

No podemos dejarnos.

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