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El Regente de Hierro

Ernesto P. Uruchurtu fue, para unos funcionario enérgico y eficaz, para otros, un rabioso anticomunista y represor moralista, para la mayoría, 

En los años sesenta al pasar por La Peaña, se escuchaba el sonoro apellido del propietario: Uruchurtu. Un camino polvoriento cruzaba unas cuantas casas. Ernesto P. Uruchurtu (1906 - 1997) nació en Hermosillo en los albores del siglo, sus padres, Gustavo Adolfo Uruchurtu Ramírez y María Luisa Regina Peralta Arvizu.

Otras dos personas serían centrales en su futuro, su primo Alfredo Uruchurtu y su hermano Gustavo. Por ellos llegaría a la Ciudad de México en 1924 a estudiar Leyes, ahí se ganaría el primero de sus muchos apodos, Pluma Blanca, en alusión a un célebre jefe yaqui.

Figura de claroscuros y misterios, para unos funcionario enérgico y eficaz, para otros, un rabioso anticomunista y represor moralista, para la mayoría, quien transformó la Ciudad de México y marcó una época. Entre urbanistas sujeto de estudio, acompañando al Barón de Haussmann, creador del Paris actual o, Robert Moses, constructor del Nueva York moderno.

El relato de la vida de Uruchurtu se descubre en la monumental obra de Manuel Perló Cohen, Uruchurtu: El Regente de Hierro, editada por la UNAM. Académico a quien le consumió casi dos décadas estudiarlo, descifrar a Uruchurtu es explicar a la Ciudad de México. Manuel Perló logra algo admirable, construye un trabajo académico exhaustivo, equilibrado y provisto de un pulso de novela, con caudalosa información y un manejo de fuentes excepcional. Archivos, revistas, periódicos, entrevistas, caricaturas, películas y, algo inusitado, los reportes del Departamento de Estado recabados por la embajada, rebosantes de información, adicionalmente los minuciosos informes de la Dirección Federal de Seguridad. La vigilancia al personaje es significativa.

Uruchurtu y su infancia, sus años de estudiante, la influencia de su hermano Gustavo, sus ocupaciones y aspiraciones al regresar a Sonora. Sus inicios en el campo de la justicia y la política colisionan ante los temperamentos encontrados del abogado y del gobernador Román Yocupicio. Después hará política con la pluma -como destaca el autor-, escribiendo filosos artículos en el periódico hermosillense El Pueblo, tejiendo una cercana relación con su director, Israel González. Su salto al almazanismo como obstinado opositor, para ser rescatado después de la derrota por su condiscípulo Miguel Alemán. Comienza el ascenso, diversas posiciones en el Gobierno federal y su mecánico paso por el PRI. Uruchurtu se convierte en el brazo seguro y eficiente de una generación. Ruiz Cortines lo designa por vez primera jefe del Departamento del Distrito Federal, institución concebida por los revolucionarios sonorenses para administrar y controlar la capital de la República.

Resuelve sin miramientos una ciudad caótica con recurrentes inundaciones y un riesgoso hundimiento, pero también impone su vetusta moral a una metrópoli con una sociedad diversa y pretendidamente cosmopolita. Todo vestido por las formas de un competente abogado, implacable e intransigente. Tres presidentes lo avalan, su figura se agiganta y su anti-priismo cobra factura.

En 1966, después de una maniobra instrumentada por Rodolfo González Guevara, Alfonso Martínez Domínguez y Gonzalo Martínez Corbalá es defenestrado, la embestida parlamentaria en su contra es salvaje, al día siguiente es obligado a renunciar. Sus opositores le adjudican uno de sus últimos apodos, El Canciller del Cemento. Aquel exitoso funcionario por casi catorce años pasa a un exilio interior. La Peaña, propiedad que lo ata a su origen será sacrificada por él mismo, la entrega para que se convierta en ejido, anticipándose a una penosa expropiación de sus malquerientes.

Antes de morir, en un acto inexplicable destruye su archivo personal, ¿qué motivó esta decisión? nunca se sabrá. ¿Cómo logró tanto en una ciudad en extremo compleja? una de las respuestas del autor, es que Uruchurtu no inauguraba proyectos, inauguraba obras.

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