Edición México
Suscríbete
Ed. México

El Imparcial / Columnas / Columna Sonora

Nomenclatura

Es importante enfatizar que los ciudadanos les dimos el voto, no les escrituramos la ciudad, las avenidas son su responsabilidad.

Los espacios públicos en México se han convertido en terrenos de discrepancia ideológica y partidista. Calles, plazas y monumentos se convierten en el terreno pantanoso donde se ahoga el sentido común y la perspectiva histórica.

En la Ciudad de México, se retiró arbitrariamente y con mentiras de por medio, un conjunto escultórico donde el protagonista era Cristóbal Colón. Más allá del personaje en su condena o defensa, habría que entender que son obras que se incorporaron al paisaje urbano desde siglos anteriores, tienen un valor histórico aunado al artístico, nos acercan al pensamiento, conductas y formas de una sociedad o época remota. Ver los monumentos, avenidas o edificios con los ojos del presente y los prejuicios actuales no ayuda ni aporta nada.

Si así lo hiciéramos, nos convertiríamos en jueces de un pasado hipotético a gusto y capricho, al tiempo nos quedaríamos sin monumentos, nombres de calles, parques o plazas, sería un despropósito. Hacer de estos bienes públicos patrimonio y potestad de una ideología o partido político es un gravísimo error, aquel gobernante que cae en estos desfiguros lo hace por ignorancia, necedad o sugerencias envenenadas.

Los sonorenses hemos sido ingratos con aquellos que nos antecedieron, cuando se amplió el bulevar Hidalgo se sacrificó la calle José Urrea, un personaje necesario para entender el viaje histórico de Sonora y México en una parte central del siglo XIX, hasta la fecha no tenemos una avenida con su nombre, la arquitectura urbana lo sacrificó.

O Diódoro Corella, único sonorense sepultado en la Rotonda de las Personas Ilustres, un militar fiel en un siglo donde la lealtad era un valor escaso. No hay hasta hoy avenida con su nombre.

Al inicio del siglo XX el cambio de régimen trajo otra nomenclatura, muchas de las antiguas avenidas que nos integraban a un pasado porfiriano fueron borradas por los revolucionaros. La calle Porfirio Díaz día pasó a ser la avenida Vázquez Gómez, para convertirse con el tiempo en Gustavo Garmendia, el parque Ramón Corral a ser Francisco I. Madero o la calle Don Luis se transformó en la Aquiles Serdán.

Es comprensible, el movimiento revolucionario fue un cataclismo político y social que hasta la fecha tiene repercusiones. Con los años se fueron incorporando más nombres, se fueron agregando personajes que habían tenido un comportamiento social altruista o, presidentes municipales que independientemente de su filiación política, se les honró con una avenida. Tal es el caso de Simón Bley, Carlos Caturegli y muchos más.

Hay una constelación de figuras en cualquier ámbito, cultural, artístico o político que bien merecerían una avenida o lugar de rememoración, nuestra memoria urbana es tacaña con grandes personalidades y pródiga con otros a los que les faltan méritos.

Aquel respeto y consenso se ha extraviado, se nombran avenidas sin el consentimiento de los vecinos y con una marcada prepotencia. Evidentemente, esto atañe a la autoridad municipal, quien sin el debido proceso y atención altera la nomenclatura al mismo estilo que la jefa de Gobierno de la Cdmx, al final nadie queda satisfecho y un acto trascendente queda viciado por la inconformidad generalizada.

Es importante enfatizar que los ciudadanos les dimos el voto, no les escrituramos la ciudad, las avenidas son su responsabilidad, pero eso no las hace de su propiedad, nunca utilizarlas para lucrar políticamente. Nombrar una calle no es algo menor, aunque en su desconocimiento así lo supongan.
Las ciudades nos relatan su vida al recorrerlas, nos enseña quienes la habitan y como la viven. Las avenidas son de todos, incluyendo a quienes ya no se encuentran con nosotros.

En esta nota