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Política y medios

A mis padres: Mis entrañables y fieles lectores. La de hoy, es posiblemente la columna más difícil que he escrito en once años de colaboración ininterrumpida con El Imparcial. Hace unas horas me informaron que por motivo de una reestructuración editorial, nuestro espacio dejará de publicarse. Difícil no reconocer que algo se rompió, que la tristeza es mi única compañera esta noche en la Universidad de Arizona, institución donde realizo una estancia de investigación. Probablemente algunos personajes de la clase política de ayer, hoy, de siempre, estarán contentos con el sutil certificado de defunción de Política y Medios, no los culpo. Nunca nos caracterizamos por ser complacientes con su accionar, tampoco hicimos concesión alguna con nuestra conciencia, mucho menos fuimos plumas de alquiler de nadie. Desde el inicio, pensé que siendo profesor universitario, esta columna debería ser un servicio a la colectividad, sin buscar remuneración alguna, cuidando en todo momento, su absoluta independencia, su compromiso con la ciudadanía. Como una especie de última voluntad en la vida editorial de Política y Medios, solicité el despedirme de innumerables amigos lectores. Con ellos mantuve un diálogo fraterno, en el que prevalecieron las ideas, el humor espontáneo, la pasión por la búsqueda de la verdad. Gracias de todo corazón por enriquecer estas líneas. Los extrañaré en toda la ruta. Ante un mercado editorial altamente digitalizado, añoraremos la tinta, el papel con el que se prensaban nuestras reflexiones quincenales. El leer o escribir en pleno siglo XXI en un diario impreso, es un acto de nostalgia, es como sujetarse inútilmente a un mundo que poco a poco se desvanece, que pronto no existirá más. Quiero reconocer ampliamente que desde la publicación de nuestros primeros artículos, en octubre de 2004, jamás recibí por parte de El Imparcial, algún tipo de observación, censura o se me sugirió modificar ningún texto. Lo comparto porque en algunos espacios mediáticos en donde colaboré, incluso en aquellos que se presentaban como alternativos, independientes, alguna vez fuimos impunemente censurados y silenciados. Puedo decir que del personal del periódico, sólo recibí finas atenciones. En todo momento fueron respetuosos con nuestras ideas, incluso por más que un servidor extendía la liga para cuestionar los excesos del poder. Espero que esa liga no se haya resquebrajado recientemente y los funcionarios entrantes no sufran de una epidermis altamente sensible a la crítica. Lo anterior siempre representa, la antesala de la intolerancia, la soberbia, la ruina para cualquier Gobierno. Desde la trinchera periodística que hoy muere, narramos la decadencia del boursismo, la farsa de la alternancia foxista, la tragedia del calderonismo, el creciente autoritarismo del Gobierno de Peña Nieto, la ejemplar resistencia de nuestros compatriotas migrantes. Por desgracia, no nos equivocamos cuando pronosticamos que el sexenio de Padrés, acabaría escandalosamente mal. También en las últimas columnas, enumeramos desafortunadamente en “exclusiva”, ante la uniformidad complaciente de la “nueva cargada mediática”, los retos que enfrentaría, “la Gobernadora de la esperanza”, adicionalmente cuestionamos de frente, la trayectoria de algunos miembros de su gabinete. Sobre la relación de la nueva administración y los medios, sólo puedo decir que pronto podremos evaluar sus credenciales democráticas, el potencial respeto al trabajo de los periodistas, a la autonomía de las empresas editoriales y su voluntad por acabar con la cultura de la adulación. La historia evaluará, si había suficientes razones para nuestro escepticismo. “No me voy”, como dicen los obstinados asistentes a una reunión que irremediablemente llega a su fin, “me llevan”. Nos despedimos con la alegría de querer servir a la comunidad, de tratar de plasmar con honestidad, con compromiso, lo que numerosos espacios jamás vieron o ahora no piensan ver ni señalar. Ojalá algún día volvamos a encontrarnos de nuevo. Más allá de la nostalgia, nos queda la memoria, el aprendizaje, la satisfacción de intentar, desde la mente y el corazón, lo que creímos era lo correcto. ¡Adiós, hasta siempre, amigos!

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