Política y medios
La fama de Padrés como uno de los peores gobernantes de la historia de Sonora, tal cual presume el promocional de conocida marca de cerveza, “no conoce fronteras”. Ana María, quien desde hace más de tres décadas vive en los Estados Unidos y conduce una camioneta que transporta estudiantes a la Universidad de Arizona, me cuenta que no cree que al final del día, el mandatario enfrente la justicia. Cajemense de nacimiento, estadounidense por opción forzada, se atreve a soltar la siguiente aseveración, al aparecer bastante popular en este lado del desierto de Sonora, “Padrés ya se fue, dicen que anda por Canadá”, comenta con desánimo, mientras vira cuidadosamente por University Boulevard. Me quedo pensando en lo surrealista de la escena, por un momento me lo imagino compartiendo con Gómez Urrutia, otro sombrío personaje ligado a Cananea, recomendaciones para degustar comida mexicana en Vancouver, pero no lo vislumbro en Arizona, lugar donde según versiones periodísticas, enfrenta su familia una seria investigación de presunto “lavado” de dinero. El que un gobernante sea llamado a cuentas, no tiene precedentes en México, salvo excepciones como el caso de Tabasco, una entidad que al igual que Sonora, enfrentó a una escandalosa emergencia en materia de salud, una fisura moral y financiera impresionante, combinada con excesos descomunales por parte de su Gobernador. Ahora nos preguntamos si la creación de la Fiscalía Anticorrupción, con todo y las excelentes credenciales de su titular, será la respuesta a los reclamos justicieros plasmados notablemente en las urnas, o si la Fiscalía en sí misma, corre el riesgo de convertirse en una especie de “chivo expiatorio” del “claudiillismo”. El concepto de chivo expiatorio proviene de una ceremonia judía en el que un guía espiritual, al colocar su mano sobre la cabeza del animal, depositaba en él, todos los males y pecados de una comunidad. Después era liberado y en su paso hacia el exilio, recibía de pilón, toda una serie de maldiciones y malos tratos por parte de los pecadores y moradores del pueblo. Pero al tiempo, esas mismas prácticas “pecaminosas” volvían a repetirse y se tenía que producir de nueva cuenta el ritual. El problema es que si la Fiscalía no da resultados en el corto plazo, es decir si no hay “sangre en la arena” el culpable será, seguramente el fiscal. Me pregunto, hasta dónde podrá llegar una instancia encargada de investigar no sólo el posiblemente irrecuperable pasado, sino también de cuidarle las manos a los funcionarios del presente. Recordemos que la Fiscalía no es autónoma, se encuentra subordinada estructuralmente al procurador, un personaje plenamente identificado con el sistema y más allá, “militante” de un partido deshonesto, caracterizado por violar la ley como el Partido Verde. No sería necesaria una Fiscalía Anticorrupción, de funcionar realmente la procuración de justicia y si a la clase política tradicional no le temblara la mano para encerrar a sus colegas corruptos. Tampoco sería necesario el gastar en tiempos de crisis, al menos 50 millones en otra subdependencia, encargada de vigilar que no se roben otros tantos. Uno de los retos de la Fiscalía será el construir su propia legitimidad, pero insistimos, al final del día dependerá de la voluntad del procurador el ir realmente a fondo. Se habla de perseguir a quienes han causado daño patrimonial a Sonora, pero hoy en día, la corrupción tiene muchas facetas, sobre todo a través de los grandes negocios que se transan “lícitamente” al amparo del poder. La complaciente designación de Javier Dagnino como presidente de la Comisión de Seguridad Pública y como integrante de la Comisión Anticorrupción en el Congreso, es una señal de que para el “padrecismo”, parafraseando al finado Yogui Berra: “Esto no se acaba, hasta que se acaba”. Mientras todo esto sucede, los ciudadanos vemos como la clase política de nueva cuenta se cubre las espaldas, ¿Será que entre gitanos, no se leen la mano?
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