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Política y medios

Lo que empezó siendo una broma de mal gusto, de caricaturización perversamente lúdica del drama migratorio, se está convirtiendo ahora en una especie de temprana amenaza sobre el futuro de la democracia norteamericana, despertando serios temores entre millones de migrantes, de que el personaje que villanescamente encarna Donald Trump, transite de las pantallas de televisión hacia un escenario real, decadentemente real. Día tras día, se espera que un error deposite a Donald Trump en el lugar que se merece, en el basurero de la historia de la política, pero esto no ha ocurrido, en cambio parece fortalecerse con sus ideas absurdas, pareciera que la irracionalidad es el alimento que nutre, revitaliza, robustece su accionar, sería el equivalente a las espinacas para Popeye. El problema ahora, es que pase lo que pase con el magnate inmobiliario, sus ideas sobre el tema migratorio están siendo interiorizadas por un importante sector de la población que encuentra en el inmigrante, el mito perfecto para culpar de todos los males que ha traído consigo la economía global. Pero no sólo eso, las propuestas de Trump de modificar la Constitución para anular el derecho de ciudadanía a los hijos de indocumentados nacidos en los Estados Unidos, de construir una muralla fronteriza y de deportar a más de 11 millones, son ahora abrazadas por otros candidatos republicanos. Es decir, el daño está hecho y el debate político en los Estados Unidos gira compulsivamente en torno al tema migratorio de la manera más infame, generando un sentimiento antiinmigrante y antimexicano de una magnitud nunca antes vista. El que Donald Trump, sin embargo, mantenga ahora la delantera frente a la pobre caballada republicana, insistimos, no necesariamente significa que el partido lo haga su candidato. Para empezar, faltan más de cinco meses para el arranque de las primarias en Iowa, en los que puede ocurrir cualquier cosa, incluso el que Trump se postule como independiente, algo que no desean los republicanos, pero que no podrían evitar en caso de una desastrosa ruptura ante los excesos del empresario. Lo cierto es que todos los medios estadounidenses y globales están centrando su cobertura en la contienda republicana, en gran medida por la “espectacularización” que trae consigo los desplantes del magnate. Para que Trump se convierta en Presidente de los Estados Unidos, tendría que derrotar adicionalmente a los demócratas, ya sea al socialista Barry Sanders, cuya campaña sigue en ascenso, o a la todavía favorita Hillary Clinton, dos políticos mejor posicionados en las encuestas que los republicanos. Recientemente me tocó ver el que se anunciaba como el mitin más grande de la campaña de Trump. El evento fue en Mobile, Alabama, lugar donde se dieron ejemplares batallas por los derechos civiles de los afroamericanos en los sesenta. Trump no logró que se ocuparan ni la mitad de las localidades de un estadio para 40 mil personas. Ante un público abrumadoramente blanco, el acto inició con la intervención de pastores republicanos negros arengando a las tribunas sobre la necesidad de que “el amor se instale sobre el odio” y presumiendo de lo bendecido que se sentían por presentar al billonario. El empresario llega en medio de los coros celestiales del tema “You can’t always get what you want” de los Stones, descargando posteriormente toda su retórica racial. Un show por demás “kitsh”, que simbolizó la suma de todas las contradicciones de Trump, condensadas perturbadoramente en unos minutos. Tras el incidente en el que Trump ordena sacar por la fuerza al periodista Jorge Ramos de una conferencia de prensa, el galardonado columnista John Nichols escribió, “Ramos no sólo estaba desafiando al egocéntrico multimillonario, sino que estaba desafiando un proceso político que está girando hacia lo absurdo”. Para cualquier candidato, en cualquier lugar del mundo, la acción hubiera significado su quiebra política, desafortunadamente no en la Norteamérica de Trump. De cualquier forma, enriquecedor intento Jorge, felicidades por el arrojo, por hacer del periodismo, una profesión incómoda para los poderosos.

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