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Criterio

“Qué vueltas da la vida” lleva por título una canción de Reyli Barba y Rafa López. Pero no me referiré a la letra de esa canción sino a una reflexión del escritor brasileño Fabricio Carpinejar acerca de cuando llega ese momento en el que el padre pasa a ser hijo y el hijo pasa a ser padre: Padre de su propio padre. (A propósito de este martes, tan cercano al domingo de antier, que fuera la celebración del Día del Padre). Tomo y comento algunos fragmentos de la reflexión de Carpinejar. El primero dice: “Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: Es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre”. Y efectivamente, como anota Fabricio, el orden natural del tiempo pierde sentido, de hecho en la práctica se invierte: El padre pasa a ser como un hijo: El hijo de su propio hijo, de éste que hoy lo cuida, lo pasea, le indica esto o aquello, casi diré que lo reeduca pues le repite come bien, come más, no comas eso, abre la boca y toma tu medicina -a ver, a ver-; ponte un suéter, lleva tu bufanda, cuidado con el escalón, cierra la puerta, abre la ventana. Renglones más adelante el autor escribe: “Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy sólo suspira, sólo gime, y busca dónde están la puerta y la ventana”. Hoy tiene que ser dócil, obedecer al hijo, porque el hijo son sus ojos, sus oídos y sus pies. Y porque sabe y siente que el hijo lo protege y todo lo que le dice es por su bien. Aparentemente el orden de la autoridad se invierte. Pero no, no se invierte, yo diría que es cuando más autoridad tiene el padre, porque la autoridad no consiste solamente en decir qué hacer sino en lograr que se haga lo que se tiene que hacer, y a veces eso que se tiene que hacer es velar en todo por aquel que otrora daba las órdenes pero que ahora ya no necesita decir nada pues su sola presencia mueve a que las indicaciones se lleven a cabo aunque él no pueda ya pronunciar siquiera una palabra y cuando lo hace, casi no le oyen, pero igual se llevan a cabo. Seguimos a Fabricio cuando dice que ha llegado el momento de darnos cuenta que la casa, el acomodo de los muebles y la escalera tienen que cambiar, comenzando por el baño al cual habrá que atornillarle en la pared una barra para que el añoso se sujete y no caiga, como si fuera un niño. Y Fabricio escribió: “La primera transformación ocurre en el cuarto de baño. Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la ducha. La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar…” y es verdad, pero es tan simbólica como indispensable, y precisamente por ser tan indispensable es simbólica. Uno debe pensar que esa simple barra contiene un mensaje impresionante, marca un antes y un después, tanto para el padre como para el hijo. No termina el escritor su reflexión sin apuntar que “aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz: Todo hijo es el padre de la muerte de su padre”. Efectivamente, así como el padre esperó con esmero y ansiedad la llegada del hijo a esta vida, así el hijo con tensión y buen ánimo deberá preparar la despedida de su padre: Por eso es que “todo hijo es el padre de la muerte de su padre”.

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