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Política y medios

Los debatientes se encontraron en Ciudad Obregón la noche del pasado martes para sostener lo que fue el último de los encuentros cara a cara rumbo a la cada vez más competida, cerrada e interesante elección 2015. Seguimos pensando que no hubo un claro ganador, pero sí, muchos evidentes derrotados, entre ellos la audiencia que se sentó frente a sus aparato receptor para ver un espectáculo de baja categoría, en el que sigue perdiendo la democracia, y la posibilidad de un verdadero encuentro y discusión de ideas como elemento central para la construcción de una cultura democrática. Algo de lo que hizo falta por parte de los candidatos, fue echar mano de un poco de creatividad, de imaginación, de innovación conceptual. Los que sorprendieron en el primer encuentro, no hicieron más que repetirse en Cajeme. El panfleto estuvo de nueva cuenta a la orden del día, y no es que nos escandalicemos ante los durísimos señalamientos que vemos por todos lados hacia los principales abanderados, sino más bien, esperábamos un toque de inspiración, de gracia, de carisma. Para muchos ciudadanos que estamos molestos con la retórica predecible, cínica de los partidos dominantes, de los punteros que no arriesgan nada, de los que proponen las mismas soluciones de siempre, nos gustaría haber visto a una “chiquillada” un poco más imaginativa, con propuestas de avanzada, más en sintonía con una época en el que los problemas y las soluciones tienen una connotación cada vez más internacional, cosmopolita, global, en lugar de recetarnos una pésima cátedra de nacionalismo para potenciales “malinchistas” de lento aprendizaje. Pero por lo visto, la mayoría de los políticos de cualquier color, sexo, edad, condición social, ideología, color, religión, partido, están absolutamente negados para no hacer el ridículo en cualquier ejercicio público y para intentar generar empatía más allá de los muy visitados lugares comunes. Lo que presenciamos por parte de los partidos pequeños, fue una procesión de ocurrencias, de insoportables malos momentos, de chistes mal contados, de reciclaje de estridentes acusaciones ya muy exhibidas en distintos medios. Sin duda causa un gran desaliento ante el electorado, su imposibilidad de hacer una crítica inteligente, seria, contagiosa, emergente, que vaya más de la fácil diatriba, de verdadera oposición a los grandes partidos dominantes. Tristeza de la verdad para muchos, el ver cómo subsidiamos de manera multimillonaria a un sistema de partidos obsoleto, que en ocasiones sólo opera como dama de acompañamiento para los vencedores del sistema político. Sobre los dos candidatos con posibilidades reales de llegar a Palacio, podemos decir que Pavlovich, sigue sin aprobar las lecciones de actuación que le hacen repetir una y otra vez sus asesores de imagen. Sus historias prefabricadas al estilo del marketing norteamericano, en la que asegura conmoverse ante la pobreza, la marginación, contrastan notablemente con muchas de las duras iniciativas neoliberales que impulsó como senadora. Gándara, no se sale de la idea de venderse como el empresario “exitoso”, pero lo que pocos no le han dicho, es que buena parte de la ciudadanía ya no cree en la “decencia” de los empresarios sobresalientes convertidos en gobernantes. En el debate, el ex alcalde de Hermosillo no logró desmarcarse de una molesta carga, el legado político del gobernador Guillermo Padrés. Hizo el intento, nos obsequió unos breves segundos de suspenso, se atrevió a reconocer que había aspectos “negativos” en la administración estatal, pero optó por no moverse de su posición inicial, probablemente prisionero de un tempestuoso dilema, plenamente consciente de que, más allá de apostarle a una mega- movilización el día de la jornada electoral, con esa nada extraña lealtad a los sepultureros de la alternancia, se juega el futuro del panismo en Sonora.

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