Política y medios
Lo que presenciamos la noche del martes 21 de abril, no fue, ni lejanamente un debate, fue a todas luces, una especie de pasarela de monólogos, un ejercicio que se antoja que se realizó, más como la obligatoriedad de cumplir con una joven tradición en nuestra incipiente historia electoral, que pensando en otra cosa. Claro está, es que algunos podrán insistir, que si en una elección democrática y supuestamente moderna, no se escenifica un debate, pues se pierde un elemento de legitimación del proceso en sí mismo. Puede ser, pero mientras los mismos partidos pacten encuentros sin emoción, rígidos en extremo, sin posibilidad para la interacción discursiva, los debates seguirán siendo algo tan interesante, como el repasar la tabla del 5 para un genio matemático. Tras el angustiante encuentro, nos resultó difícil encontrar un absoluto ganador, pero no necesariamente por toparnos con muchas talentosas actuaciones que disputaran el primer sitio, pero sin duda, quien pudo capitalizar mejor el debate fue el abanderado del PRD, Carlos Navarro, sobre todo en una campaña en la que su partido, enfrenta un profundo descrédito, totalmente dividido, carente de estructura, de organización. Para el perredista, le fue de gran ayuda su experiencia como legislador estatal, federal, como dirigente desde los tiempos del legendario Partido Socialista Unificado de México. Aun así, pensamos que sus buenos recursos como orador, como polemista, pudieran haber sido más explotados, recurrir más a la improvisación, a la emotividad, en lugar de tanto a la lectura. Ahora, por su ubicación en la contienda, como la candidata de la oposición con mayores posibilidades de triunfo, quien pierde más es Claudia Pavlovich, al dejar ir una ocasión importante para descarrilar a un predecible Javier Gándara. A su favor diremos que la priista se vio serena en el estrado, con un aceptable manejo de cifras sobre supuestos desvíos de recursos en la administración de Guillermo Padrés, pero no trajo nada nuevo, nada que no se comente desde hace tiempo en todos lados, ninguna primicia, ninguna extraordinaria revelación contenida en algún folder. Le faltó punch, velocidad, determinación para mandar a una esquina a su principal oponente, parafraseando al Perro Bermúdez, “Lo tenía, era suyo, pero… lo dejo ir”. Hay que tomar en cuenta que un crecimiento aunque sea marginal de Carlos Navarro como emergente figura opositora al oficialismo estatal, algo que hasta el martes había casi monopolizado Pavlovich frente gran público, le podría restar vitales sufragios a la candidata del PRI. En la política como en la vida, a veces quien no arriesga, no gana. Ante el fuego cruzado que alegremente partió de los diferentes estrados, Javier Gándara se limitó a incorporar la máxima salinista de “no ver, no escuchar, no entender”. Probablemente estaba divagando sobre la hasta cierto punto inutilidad del debate, en comparación con las serias posibilidades del voto corporativo, quizás también recordó, la filosofía de la vida cotidiana de una señora que en un acto “paralelo” a la campaña, compró dos litros de yogurt a precio super especial en la plaza del barrio y declaró en tono retador: “Pues para mí, jala más el “Mercadito Ganfer”, que el mentado debate”. Salvo algunos chispazos, la tonada de pastor evangelista de Manuel Baldenebro de Encuentro Social (el partido que dice que no tiene políticos profesionales en sus filas, salvo incómodos ex alcaldes priistas), nos resultó cansada, el petista Moreno Berry, salvo un pegajoso estribillo, no aportó mucho, mientras que un anti carismático Javier Lamarque Cano, de Morena, salió con la pésima estrategia de resaltar sus logros como munícipe de Cajeme en el lejano año de 1997. Cada candidato se limitó en cuanto a las propuestas, a intentar posicionar una serie de lugares comunes, además que como es notorio, en espacios en los cuales existe poco tiempo y muchos participantes, el explicar sobre el cómo materializarlas, resultó más allá de las ocurrencias, una labor imposible. En cuanto a la producción televisiva, creo que si bien es cierto la sobriedad en ocasiones es buena aliada, ahora se les pasó la mano, sin una introducción atractiva, pésimo manejo de cámaras, ruda iluminación, malos encuadres, con candidatos sin poder ver de frente al televidente y lo más importante, un grado de desconocimiento de su realización entre la población, acompañado de un desinterés por sintonizarlo. Incluso, pese a la pasión de los núcleos duros de “hinchas”, de “troles” al servicio de los candidatos punteros, su impacto en redes sociales no fue lo esperado, además de que el horario escogido, no pareció ser el mejor. Sobre el moderador, pensamos que el compañero periodista Luis Alberto Medina lo hizo bastante bien, sin ninguna clase de contratiempos. Malas suelen ser las comparaciones, pero estuvo lejos de ser de ese tipo de acontecimientos que uno espera para juntarse con un grupo de amigos, o con la familia, como ocurrió en el presidencial del 94, que fue visto casi como un partido del Mundial. Ese primer debate en la historia de las elecciones presidenciales mexicanas, ha sido quizás el único que ha modificado de manera importante las tendencias del voto en México, aunque no definió al vencedor. No esperábamos algo similar ni mucho menos, pero en un país, en el que vivimos cada día con mayor tensión, con indeseable frenesí, la desesperación colectiva no se refleja en las nuevas prácticas electorales de una clase política que parece estar demasiado tranquila, cuando al final del día, es la absoluta responsable de que vivamos al filo de la navaja.
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