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Política y medios

Voy conduciendo por el bulevar, detrás del asombroso paisaje tipo bélico que deja la demolición de la antigua distribuidora de General Motors, surge el gesto sonriente de quien ahora confiesa públicamente (adelantándose a una exclusiva que tal vez nunca llegue a las páginas de la revista Hola) su afición a las “neurotoxinas”, como si fuera un asunto que fuera prioridad para los sonorenses, o nos mantuviera extraordinariamente intrigados. Su rostro está por toda la ciudad, ahora se posiciona como la clara soberana de los espectaculares, aunque otros le disputan con firmeza el primer sitio. Algunos kilómetros más adelante, en conflictivo crucero, me encuentro una parvada de muchachos con playeras rojas, rojitas, chavales que se asoman al asfalto más confundidos que una mascota perdida en el periférico. Alguien les dijo que había que hacer bulla, mucha bulla, como si estuvieran en la campaña de la reina de su prepa. La larga espera del semáforo da tiempo para claramente identificar algunos líderes, mucho mejor vestidos, menos bronceados, ligeramente mayores que el promedio, aunque el estatus ahora, es difícil de establecerlo en las marcas de sus prendas, pero nos sirve de vago referente, el ostentoso celular que consultan compulsivamente, no sabemos si para sumergir en él su rostro ante una situación incómoda, para que no lo descubran sus amigos “nice” del antro de moda, o para revisar la logística de la campaña. Giran instrucciones, pero no se atreven a experimentar en carne propia, el fuerte rechazo que muestran algunos conductores a sus obedientes subordinados cuando le intentan repartir propaganda, o le sugieren engalanar el coche con una predecible calcomanía. Algunos son “veteranos” de otras campañas y saben bien que si la fortuna los cobija, la contienda puede servir como preciada agencia de colocación, de ascenso en tiempos de inestabilidad, de precariedad laboral. En el otro frente, un grupo de muchachos forzosamente “gandaristas” todavía más chicos que sus colegas tricolores, se posicionan de otro estratégico semáforo. Probablemente vengan de algún proletario bastión panista de la periferia, todo en la lógica de aprovecharse electoralmente de la necesidad del pobrerío, tal como diría el guía espiritual e ideológico del panismo, Diego Fernández de Ceballos. Los chavos en promedio no parecen rebasar los 15 años y tienen traza de pasarla bastante mal. Traen gruesos rollos de pegatinas en el antebrazo, pero ni se atreven a preguntar a los conductores si desean adherirlas a la carrocería para pasearlas alegremente en sus automóviles. Uno de ellos me confiesa que es mucho más complicada y bochornosa su labor que la de un limpiavidrios: “A uno le dicen muchas veces más no, que a ellos, muchos choferes se enojan, hacen mala cara, ya quiero que me lleven a la casa”, nos apunta un chico “moral y literalmente asoleado”. Más tarde, se me empareja una camioneta negra que porta una gran calcomanía al costado con la sonrisa de siempre de la ex alcaldesa local e increíblemente ex candidata a diputada “pluri” por Oaxaca, María Dolores del Río. Impresiona la cantidad de propaganda para un partido hasta cierto punto pequeño, pero nada más. Doscientos metros adelante, Javier Neblina, ahora candidato al Congreso de la Unión, propone en un espectacular, alarmas para las casas. Un momento, un momento…. me quedo pensando, con la concentración que exige el conducir a la defensiva, ante tanto bache y as del volante temiblemente suelto. No alcanzo a advertir si lo que vi, era real, si lo leí bien, o si se trataba de un anuncio publicitario de “Seguridad Sesma Padilla”. Compruebo la ocurrencia al pasar por segunda vez por la gran cartelera. Pienso, que sería mejor que un congresista propusiera mejorar depurar los cuerpos policiacos, instalar consejos de seguridad verdaderamente ciudadanizados, en lugar que los ciudadanos salgan con bats a vigilar sus colonias, mientras los policías extorsionan a placer a los parroquianos de los bares. Parece ser que eso no está de moda, además resulta incómodo por su posición inmediatamente histórica en el Congreso del Estado y suena más atractivo proponer instalar alarmas gratuitas para todos. Es decir, si no se puede mejorar la calidad educativa y nos creemos eso de los primeros lugares nacionales en educación, es mejor regalar zapatos “blasito” para todos. Si funcionó electoralmente, “por qué no cambiamos de giro al negocito y proponemos….alarmas”, eso, eso, eso, apuntaría un moderno asesor de campaña. Ejemplos hay bastantes, las anteriores, fueron sólo tímidas postales electorales de un terriblemente desangelado arranque. Nunca como ahora (aunque vaya que nos han tocado a los sonorenses varias campañas en verdad insufribles), se percibe en cada rincón en cada esquina de la ciudad, en cada centímetro de material partidista impreso, de absurda propaganda en la prensa disfrazada de información, en cada ataque hertziano, en cualquier agresión televisiva e invasión en la supuesta privacidad de nuestras redes sociales, una mediocridad, impensable, insuperable electoralmente hablando. Desafortunadamente para los candidatos que inútilmente buscan nuestro voto, les podemos decir que su discurso, que su estrategia propagandística representa su peor carta de presentación, pero además, para los ganadores, para los futuros funcionarios que irremediablemente saldrán del puñado de propuestas institucionales, les señalamos que sus campañas, parecen ser el primer paso para perder piso en medio de la adulación, de la autocontemplación, del “faraonismo totalmente Palacio”. Imagínese caminar como si fuera alguno de las o los candidatos por nuestra enorme entidad y encontrar su rostro en cada esquina, en cada pueblo, en cada lugar. Lo anterior ni los más afamados estrellas de Hollywood, lo han experimentado en esa magnitud, créamelo, sólo los políticos en campaña, que sin tener ningún talento en especial, simplemente por ser escogidos por el dedo de algún dios de la política, experimentan tal adulación. Se trata del punto de partida definitivo para la potencial arrogancia desde el poder. Es más, desde este momento, los declaramos totalmente incompetentes para subirse a la arena política, o como más o menos diría algún candidato, en un gesto de impaciencia entremezclada con pinceladas de soberbia, disfrazadas de una coloquial “sonorensidad”, simplemente, las y los descalificamos a todas y a todos, por “ma…..cetas”, por “ma…..cetas” para llevar a cabo una campaña política de altura, por degradar a la política misma, por convertir en absoluta basura, el debate sobre la cosa pública.

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