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Política y medios

En verdad, no soy muy dado a salir mucho en los periodos vacacionales de Semana Santa, no sé si por lo corto del tiempo, por el hecho de que todo mundo se traslada a los mismos lugares que a uno lo invitan a ir, o porque uno en ocasiones llega muerto al trabajo el fatídico lunes después del Domingo de Resurrección, por falta de imaginación, dinero, o simplemente porque es sumamente apetecible el disfrutar de la paz y la tranquilidad que la ciudad nos ofrece tan sólo un puñado de días cada año. Sea cual sea la razón, espero que usted que se quedó en su casa, o que nos lee desde algún punto vacacional o de esparcimiento, pase un grato momento en compañía de sus familiares, amigos y seres queridos. Para quienes se quedaron en su hogar, el más merecido de los descansos, que los días de asueto sean de gran utilidad, que renueven la energía y que contribuyan al crecimiento espiritual y personal que todos necesitamos. Tal vez, nuestra ciudad ya no se torne un pueblo “semifantasma” como ocurría durante los “suficientes” años atrás para trasladarme a mi niñez, pero es fácil apreciar cómo el ritmo y el acelere cotidiano disminuye considerablemente de intensidad. Recuerdo la Semana Santa de 1981. Fue la primera vacación primaveral en la que mi familia había decidido quedarse en casa. No había en la ciudad muchas cosas que hacer, no teníamos televisión por cable, únicamente la “opción” de la pobre cartelera que nos ofrecían las cinco salas cinematográficas, una sola estación en frecuencia modulada, una grabadora con algunos casetes, una consola, varios acetatos, juegos callejeros como el “stop”, cuatro canales de televisión y el inicio de lo que sería la gran temporada de Fernando Valenzuela con los Dodgers de Los Ángeles. No existían “parques jurásicos” que visitar, ni corporaciones de la comida rápida con cajitas que prometían felicidad tan inmediata como intrascendente, ni flamantes malls con cines VIP edificados sobre la ruinas de un espacio que fue destruido por el más absurdo de los pretextos posibles. La Sauceda era sólo un conjunto de campos de futbol o de pelota, donde había espacio para ir a comer, pero sin juegos, ni museos, ni huelgas de trabajadores (como la que se acaba de resolver), no se habían desplazado a los fariseos de sus sitios originales, Topahue y el Real del Alamito eran algunas de las opciones cercanas, Bahía de Kino ya mostraba los síntomas del masivo peregrinaje de chamacos armados de salvavidas, balde y palita, y San Carlos todavía no se convertía aún en una opción de destino turístico juvenil con música electrónica, concursos etílicos, camisetas mojadas y demás copias piratas de la euforia “spingbreakera”. Todavía no golpeaba la economía local la llamada “segunda crisis de la deuda” y el peso mexicano no sufría una nueva devaluación, por lo que otra de las opciones era viajar a Nogales, Tucson y su entonces gran oferta comercial y de servicios. Phoenix todavía no era el monstruo que es ahora, ni residían tantos sonorenses en su zona metropolitana. Otros hermosillenses preferían internarse en los pueblos del Río y la Sierra de Sonora donde visitaban a sus familiares y participaban en los rituales religiosos, así como en las representaciones bíblicas. Antes, la mayoría de los comercios, así como los pocos espacios para salir, divertirse y comer algo, cerraban totalmente sus puertas como el desaparecido “Burguer Boy”, o el “setentero” boliche cerca de la Universidad, o como los ya desde entonces famosos raspados de “El Patio”. Recuerdo, que uno podía tranquilamente acostarse por varios minutos a la mitad del asfalto del bulevar Rodríguez sin que cruzara automóvil alguno. A muchos les podía parecer lo anterior una verdadera ociosidad, en verdad lo era, pero resultaba emocionante y divertido. Ahora en plena “primavera 2010”, tampoco nos había dicho que darse un paseo en Semana Santa por las calles de Hermosillo en el “Nuevo Sonora”, sería una experiencia tremendamente parecida al caminar por el “viejo” (el de 5 meses atrás), sólo que los espectaculares que atestiguan los grandes negocios de los mismos beneficiarios del “antiguo Sonora”, anunciando acciones en el nombre del progreso, han cambiado de logotipo, de frase, de personaje, también de color, pero al parecer, no de intención. En 1981, a nuestra manera, creíamos firmemente en la idea del futuro y la felicidad asociada al progreso de nuestra comunidad. Que tarde o temprano avanzaríamos hacia un espacio armonioso, de justicia, de tranquilidad. Sobra decir que desafortunadamente, muchos han contribuido impunemente a dinamitar este ideal. Amílcar Peñúñuri. Comunicólogo y egresado de la maestría en Ciencia Política (UNAM), profesor desde 1998 de la Universidad de Sonora, productor del espacio noticioso matutino “Política y Rocanroll”, en Radio Bemba FM 95.5. Correo: apcubs@hotmail.com

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