El monstruo Ness
El viaje de Inverness, en el Norte escocés, hacia Loch Ness toma más de una hora. El rumbo es franco hacia el Sur y muy pronto está uno en un paisaje bucólico con granjas dedicadas a la cría de borregos, pastizales de un verde estremecedor y una sucesión de pueblitos, todos con su iglesia más que centenaria, su río o lago y una mansión señorial a la salida del villorrio. Después de un rato el camión comienza el ascenso a lo que podríamos llamar "los Altos de Escocia". Los bosques de encinos dan paso a coníferas; luego a terrenos con pastos, sin árboles, y a un nublado permanente. Las ovejas se hacen más escasas y su lugar lo toman unas reses coloradas y de pelo largo, en una excelente adaptación a los fríos alteños. Hace unos 150 años el color predominante de esta raza era el negro, pero a la reina Victoria, que parece haberse metido en todo, le gustaba más el color rojo, y seleccionaron las cruzas para satisfacer el capricho estético de la soberana. Loch Ness se ha hecho famoso por el mito de un monstruo prehistórico que, dicen, mora en sus profundidades; pero la impasible belleza del lago de 38 kms., de largo y 5 de ancho, con su profundidad de 300 mts., sería más que suficiente para ponerlo en los mapas como una atracción turística. El cuerpo de agua corre sobre una falla geológica que divide a Escocia en Este-Oeste; entre las tierras altas y las bajas. En un día normal uno se acerca al lago entre brumas y un chipi chipi continuo, las laderas de las colinas que lo rodean están totalmente arboladas, abundan las flores, y en los pueblos situados a sus orillas hay viejos templos, algunos medievales, y en su entorno se crían reses y ovejas. Pero el monstruo acapara la atención del turista: En todos lados hay tiendas de recuerdos con "Nessie", así le llaman, como su principal mercancía. Uno encuentra dragoncitos de peluche, de cerámica o pintados como caricatura en vasos, tazas y platos. Hay un museo donde puede uno examinar fotos del elusivo animal, algunas evidentemente truncadas, ninguna concluyente, que logra preservar el mito, y el negocio. Parece ser que a principios de los treinta del siglo XX un grupo de muchachos decidió fabricar un monstruo y tomarle fotos surcando por el lago; cuando lograron que un periódico de Inverness publicara la imagen, nació el mito. Desde entonces muchos creen haberlo visto; son más los que desean verlo y están dispuestos a imaginarlo. Pero el cuento ciertamente no es novedoso: Haber captado la imaginación popular de tal manera requiere tradiciones añejas y una aceptación antigua. La primer mención de un monstruo en Loch Ness data del siglo VI cuando un monje irlandés, San Columba, que andaba evangelizando Escocia, se topó con él pues atacó a uno de los clérigos que lo acompañaban. Columba, que era bastante bragado, le hizo frente y lo confinó a las profundidades del lago. Algunos de sus escritos lo mencionan, en un latín no demasiado pulido, como una "aquatalis bestia", bestia acuática. La historia de Columba resulta aleccionadora para entender la historia y la cultura de estas regiones. Resulta que Columba, Columcille en el idioma celta (se pronuncia Colmmquill, más o menos), era hijo de un rey irlandés; en aquellos tiempos rey era cualquiera que controlara un valle o una ribera. En este sentido el joven Columba era hijo de una familia acomodada que, sin embargo optó por la vida monástica. Su principal trabajo en el monasterio era copiar viejos documentos y preservar la memoria incipiente del cristianismo. El joven monje se fascinó con la palabra escrita y se fue convirtiendo en un erudito. En cierta ocasión descubrió que uno de sus maestros poseía un viejo códice muy bellamente ilustrado. Columba quiso copiarlo pero el monje, celos académicos quizá, se negó a prestarlo. Dicen las leyendas que Columba lo dibujó minuciosamente, a oscuras en las noches, cuando su preceptor lo dejaba en el coro del monasterio. Pero el dueño del ejemplar se dio cuenta y demandó al joven copista ante el rey, quien sentenció, así lo cuentan las crónicas, que "así como cada becerro va con su vaca, así cada copia con su original", y ordenó a Columba devolver al maestro la copia. Tiempo después, cuando Columba fundó un monasterio en la región, uno de sus discípulos fue hostigado por un súbdito del rey aquel. El buen monje no iba a permitir un atentado impune y se lanzó a reunir una muchedumbre para vengar el ataque. Atacó a los ejércitos del rival y, dicen, sus hombres mataron casi tres mil soldados del enemigo, incluyendo al rey y a su antiguo maestro. De esa manera recuperó el manuscrito y la copia que con tantas dificultades había dibujado. Pero su conducta pareció poco cristiana a las autoridades y se inició un juicio en su contra. El fallo fue el destierro y lo mandaron a evangelizar nuevas tierras "desde las cuales no pudiera, siquiera, atisbar la costa irlandesa". Así llegó a Escocia. Tuvo que viajar tierra adentro pues desde cualquier promontorio cercano a la playa podía observar su isla natal. Cuando por fin estuvo seguro de no estar a la vista de la isla esmeralda, se dedicó a fundar monasterios por el Norte escocés. Llegó a promover más de cuarenta fundaciones y fue en uno de sus viajes que se topó con la "bestia aquatalis" y a fuerza de oraciones y rituales la lanzó a lo profundo del Loch Ness. Su trabajo, y su celo apostólico, fructificaron en una vigorosa comunidad cristiana en aquella región, y le fue perdonado su desliz bélico al grado que se le reconoce como santo de la Iglesia Católica. Trece siglos después, una vez que el celo de Enrique VIII, y su necesidad casi somática por tener hijos varones y asegurar su sucesión al trono, le hicieron decapitar a varias de sus esposas y separarse de la Iglesia Católica, el monstruo volvió a aparecer, sólo que esta vez no había cerca un fraile que le hiciera frente; pero sí una colectividad mercantil que lo domesticara, lo redujera a caricatura e hiciera buen dinero vendiendo su leyenda. Signos de los tiempos, quizá. Ernesto Camou Healy ecamouh
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