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Las Fiestas del Sol y el arte de dar migajas

Recuerdo a mi mamá arreglándose para ir a las Fiestas del Sol. El olor intenso del Aqua Net y del perfume Paloma Picasso.

Recuerdo a mi mamá arreglándose para ir a las Fiestas del Sol. El olor intenso del Aqua Net y del perfume Paloma Picasso, los cinturones elásticos, las faldas con vuelo, el maquillaje cargado con tres tonos en los párpados: azul, rosa y verde claro. Los aretes grandes y una sonrisa enorme, rematada con labial rosa fucsia.

Esos son mis primeros recuerdos de las Fiestas del Sol: mi madre preparándose para ir al palenque de la feria anual de Mexicali. ¿A quién vas a ver cantar?, le preguntaba, ansiosa de curiosidad. Por nombrar a algunos: Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, Lupita D’Alessio.

Yo la escuchaba y soñaba con crecer para poder ir al palenque. Me imaginaba un escenario mágico donde podrías ver cantar en vivo a los artistas que salían en Siempre en Domingo y vestirte como una princesa de los años ochenta.

Y crecí. Llegué al palenque de las Fiestas del Sol y vi pasar por ahí a algunos de los grandes nombres de la música: Vicente Fernández, Alejandro Fernández, Alejandra Guzmán, Gloria Trevi, Cristian Castro, por mencionar algunos. Y del regional mexicano, ni se diga. La Isla de las Estrellas era otro escaparate de talento. Aquello que de niña imaginaba detrás de las historias de mi mamá estaba ahí, frente a mí, con luces, música y miles de personas cantando.

En 2018, Los Ángeles Azules reunieron alrededor de 60 mil personas en el FEX; más de 10 mil se quedaron afuera. Ese dato dice mucho de lo que alguna vez fueron las Fiestas del Sol, un acontecimiento capaz de convocar a Mexicali.

Por eso estas Fiestas del Sol, cuando se supone que la casa debía echarse por la ventana para celebrar su 50 aniversario, dejan una sensación difícil de camuflar, vergüenza, pero sobre todo tristeza. No solo por una cartelera que pudo ser más ambiciosa, sino por lo que parece faltar detrás de ella: planeación, visión y el compromiso de hacer de la fiesta anual de la capital de Baja California algo a la altura.

No se trata de organizar por organizar ni de llenar un calendario para cumplir. Se trata de entender que una ciudad también se reconoce en las fiestas que construye para su gente. Y cuando el público recibe migajas, cuando cada explicación termina culpando al clima, a la quincena o a cualquier otra circunstancia, lo que queda no es entusiasmo. Quedan el hartazgo y la mofa y una pregunta más incómoda, ¿en qué momento dejamos de exigir una fiesta que nos haga sentir orgullosos?

Porque Mexicali no necesita que le den atole con el dedo. Necesita que quienes organizan sus Fiestas del Sol recuerden para quién son.

Vi la entrevista de un comerciante y fue profundamente decepcionante escuchar la manera en que, según relató, los obligan a pagar rentas de 40 o 50 mil pesos, cuando ni siquiera tienen la responsabilidad de mostrarles la cartelera de artistas para que sepan en qué están confiando su dinero, el posible ingreso de sus familias. Es una falta de transparencia que deja mucho que desear.

No sé si este sea el comienzo de un declive o si todavía estamos a tiempo de recuperar aquellas Fiestas del Sol brillantes, mágicas, llenas de vida, que reunían a los cachanillas en un mismo lugar para subirse al remolino chino, dar una vuelta en la rueda de la fortuna, comer un churro con cajeta, un elote tatemado, una gordita de nata o tomarse un cantarito de tequila.

Son recuerdos que permanecen en generaciones de mexicalenses. Y quizá ahí está la verdadera medida de una fiesta, no en cuánto recauda, sino en lo que deja cuando se apagan las luces. Todavía recuerdo a mi mamá frente al espejo. Ella esperaba una noche especial. Yo esperaba crecer para vivirla.

Crecí. Y ahora solo espero que las Fiestas del Sol vuelvan a estar a la altura de los recuerdos que dejaron en nosotros.

*- La autora es periodista inmigrante.

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