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¿Aman a sus hijos?

Si hiciéramos esta pregunta a cualquier padre o madre, seguramente responderían un SÍ rotundo. Y no lo dudo.

Anita B.  de Ochoa

Si hiciéramos esta pregunta a cualquier padre o madre, seguramente responderían un SÍ rotundo. Y no lo dudo. Después de a Dios, y nuestros padres, pocas cosas podemos amar tanto como a nuestros hijos, daríamos la vida por ellos y deseamos verlos felices, realizados y convertidos en hombres y mujeres de bien. Pero aquí viene una pregunta difícil: ¿Todo lo que hacemos para mantenerlos contentos realmente les hace bien? Porque quizá sin saberlo muchos padres le están haciendo un daño tremendo a sus pequeños. ¿Cómo?

Hace días, mientras hacía fila en un banco, vi una mamá con su pequeña hija.

La niña estaba gritando y pataleando porque su mamá le había quitado el celular para realizar un trámite. En otra ocasión, esperando para pagar en un supermercado, vi un niño pateando furiosamente a su mamá porque ella le dijo que no podía comprarle un juguete. Dos escenas diferentes que me hicieron preguntarme: ¿Qué está pasando? ¿Dónde está nuestra autoridad como padres? ¿Nos está dando miedo decirles NO a nuestros hijos?

Hoy vemos niños que desde que despiertan hasta que se duermen tienen enfrente un celular, una tableta o una televisión. Muchas veces reconozcámoslo, porque así están tranquilos y los adultos podemos ocuparnos de nuestras cosas. Pero el celular daña el cerebro de los niños terriblemente y NO puede convertirse en su niñera. Los especialistas llevan años advirtiéndolo: Los niños necesitan mucho más que pantallas,, dormir, jugar, correr, leer, aburrirse, imaginar y, sobre todo, convivir con su familia. Porque ningún video sustituye una conversación con mamá. Ningún juego electrónico sustituye jugar con papá. Y ningún aparato puede darles aquello que nuestros hijos recordarán cuando sean adultos: Nuestra atención, nuestro tiempo.

Pero existe otro problema igualmente importante: Hemos confundido amor con permisividad. ¿Qué es esto? Creer que NO negarle nada, para que no llore, es amarlo. Pero amarlo de verdad no significa darle todo lo que pide, significa poner reglas y límites con firmeza y sostenerse. Establecer horarios, enseñarle a respetar, agradecer, esperar, obedecer y a comprender que sus actos tienen consecuencias…

La educación comienza en casa. La escuela podrá enseñarle matemáticas, ciencias, historia o gramática, pero somos los padres quienes les enseñamos responsabilidad: Recoger sus juguetes, tender su cama, levantar su plato, respetar a los mayores, cumplir su palabra y colaborar con la familia. ¿Es más fácil hacer todo por ellos? ¡Claro! ¿Es más sencillo entregarles el celular para que dejen de llorar? También.

Pero estamos educando hijos para un mundo que no les concederá todos sus caprichos. Por eso vuelvo a la pregunta: ¿Aman a sus hijos? Regálenles menos pantallas y más tiempo. Menos cosas y más presencia. Menos permisos y más límites. Menos comodidad y más responsabilidad.

Jueguen con ellos, escúchenlos, corríjanlos cuando sea necesario y abrácenlos muchísimo. Y si tienen a Dios como aliado, pídanle paciencia, fortaleza, sabiduría, para saber cumplir esa bellísima e insustituible misión que nos confió: SER PADRES.

Porque nuestros hijos no necesitan padres perfectos, necesitan padres presentes, que sean conscientes que, amarlos no es solo hacerlos felices también es, tener el valor de decirles NO cuando sea por su mayor bien.

¡Mujer mexicana forja tu Patria!

*- La autora es consejera familiar.

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