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Si destruyen la historia, hay que reconstruirla: el Mercado Municipal de Mexicali

Recuerdo a mi abuela cantando un tango de Gardel que decía.

Beatriz  Limón

Recuerdo a mi abuela cantando un tango de Gardel que decía:“Callecita de mi barrio, cortada de mis amores, donde en épocas mejores, fue la alegría mi único ideal.”

El jueves caminaba por la avenida Obregón, donde vivió mi abuela Esther hace muchos años, y me pareció ver un pedazo de mi pasado. Esos farolitos coquetos en los camellones, alguna que otra casita de madera con su porche que se resiste a desaparecer. Como si el tiempo hubiera dejado pequeñas señales para que yo pudiera reconocer el camino de regreso.

La calle está renovada. Jóvenes y no tan jóvenes corren con audífonos; ciclistas con lucecitas que parpadean al caer la tarde, recorren sus calles. Y allá, arremolinadas alrededor de la estatua del Mocho Moncada, otras personas conversan. La callecita está viva.

Es la avenida donde está el Instituto de Cultura, con sus galerías, sus huelgas y su arte. La calle de la Secundaria 18. La de la Biblioteca del Estado, esa que ahora planean desmantelar para llevársela lejos, allá por el Río Nuevo.

También fue la calle del Mercado Municipal. Yo llegaba con mi abuela después de las clases en la escuela Leona Vicario. No era un mercado grande ni ostentoso. Era pequeño, modesto, pero tenía lo necesario: verduras, frutas, carnes, canastos y dulces.

Olía a mercado. A fruta fermentada, a carne fresca, a esa mezcla de aromas que uno no sabe que está guardando para siempre hasta que un día, muchos años después, vuelve a caminar por la misma calle y descubre que también se puede extrañar un olor.

Quizá por eso aquella tarde no caminaba solamente por la Obregón. Caminaba junto a mi memoria. Y por un instante, mi abuela volvió a cantar.

Esa tarde también iba conmigo la cronista Yolanda Sánchez Ogás. Mientras caminábamos, me hablaba de un sueño que para los cachanillas puede significar mucho: volver a levantar un mercado, un museo, un espacio para conservar nuestro patrimonio y contar la historia de Mexicali.

Me habló también de las promesas. De las palabras de funcionarios que aseguraron que, después de la demolición del antiguo Mercado Municipal, habría un nuevo mercado y un museo. Una palabra empeñada frente a quienes aceptaron dejar atrás aquel edificio con la esperanza de que su historia no terminara con sus muros.

Y entonces lo vimos. Con asombro, descubrimos que ya habían entrado las máquinas y que el terreno había sido aplanado. Sin aviso. Sin consulta. Como si la historia también pudiera borrarse con una máquina.

Ayer viernes, cronistas, historiadores y antiguos locatarios levantaron la voz para exigir que se cumpla lo prometido por la alcaldesa Norma Bustamante Martínez y la secretaria de Cultura, Alma Delia Ábrego Ceballos.

Yolanda hablaba de los proyectos que, con el tiempo, terminan sin cumplir la función para la que fueron pensados. Mencionaba la posibilidad de un parque y advertía que, por las influencias de quienes promueven el proyecto, se corre el riesgo de terminar con un espacio más condenado al abandono que destinado a darle identidad a Mexicali.

Yo la escuchaba y pensaba en aquella callecita de mi infancia. En mi abuela. En el mercado. En las promesas. En la falta compromiso. En construir una identidad y preservar nuestra historia.

*- La autora es periodista inmigrante.

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