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Eduardo Auyón: su legado pictórico

Si Caballos celestiales es la serie de pinturas de Eduardo Auyón (China, 1935-Mexicali, 2015) .

Gabriel  Trujillo

Si Caballos celestiales es la serie de pinturas de Eduardo Auyón (China, 1935-Mexicali, 2015) que más ha sido expuesta al público desde los años setenta hasta nuestros días, otras series han sido creadas lejos de la mirada de los espectadores, como sucede con su serie titulada Pájaros y paisajes. Y es que para un artista como él, levedad y fortaleza son la suma de su universo creativo, de un arte que expresa a la vida como un balance entre los estático y lo vertiginoso, entre el instante único y la imagen perdurable. Con tales fuerzas en marcha, la obra de don Eduardo se exige a sí misma la creación de un orden natural en su precisa contundencia, en su integridad artística. Pasaje transformado en tiempo vivo, en imagen vivaz, en criaturas eternas en su frágil belleza.

Junto al tropel de sus Caballos celestiales, junto a sus vigorosas pinceladas, a don Eduardo Auyón hoy lo contemplamos como un artista de la delicadeza, un atento observador de la naturaleza que logra captar con finura en sus detalles, que captura en sus seres más preciosos. Ejemplo de ello está en su serie de Pájaros y paisajes, en esa colección de criaturas coloridas que se posan sobre las ramas del asombro. Pinturas que arrebatan la mirada en su precisión y en su maestría, que sirven para mostrarnos el talento de un creador nato, de un maestro capaz de traducir los prodigios naturales en obras de luminosa veracidad. Una obra sutil y perentoria al mismo tiempo: unión de lo instantáneo y lo perenne. Arte que trasciende al mantenerse leal a la tradición oriental, fiel a sus raíces budistas para percibir el mundo como paisaje flotante, para exhibirlo como horizonte en fluidez constante.

Metido en sí mismo o trabajando en proyectos comunitarios, don Eduardo siempre sonreía de soslayo. Como si estuviera atento a todo lo que pasaba a su derredor y, a la vez, como si percibiera las realidades interiores que animaban su creación, este artista chino-mexicano fue un paseante entre el mundo en su exterioridad deslumbradora y la naturaleza que él mismo exploraba desde su conciencia creativa. El resultado fue un arte que nos ofrecía su brillo y su ligereza a partes iguales. Para Auyón, sus caballos lo mismo que sus pájaros eran símbolos de un orbe en su portentos naturales, de un paisaje que volaba, que galopaba, que respiraba mente adentro. Criaturas cuya quietud maravilla y cuyo movimiento, esplende. Sus pinturas son, así, naturalezas tamizadas por la conciencia de su creador, son obras que tocan el mundo con la agudeza de sus percepciones. Pintar era, para este artista, galopar, volar, respirar.

De ahí que la obra de Auyón sea, viéndola en conjunto, una variación interminable de temas específicos, caros a la tradición artística del lejano oriente. Pinturas todas parecidas y a la vez todas distintas. Ejercicio de perfección a lo largo de décadas de estudio, trabajo y dedicación a una disciplina que no sólo mejora su trabajo sino a su persona en particular. Esto es: el arte, para nuestro pintor, es un retrato de sí mismo por medio de la captación del mundo natural. Una obra que, como en el caso de su existencia de 80 años de vida, queda en el espíritu de sus creaciones artísticas. Como sus caballos celestiales, que corren y corren y corren. Como sus dibujos y pinturas que nunca terminan de fascinarnos, de llamarnos la atención. Como sus paisajes donde los pájaros brillan en colores y todo se mantiene en vilo.

Al ver sus pinturas uno reconoce que Auyón es digno heredero de la tradición taoísta china, donde el gran pintor Shen Tsung Chien estableció que “todas las cosas que duran tienen la misma valía interna y nomeramente un bello exterior”. Es decir: que las modas pasan, pero el arte permanece si se acepta que la creación es un fin en sí misma. Para Tsung Chien, lo mismo que para Auyón doscientos años más tarde, el talento artístico “debe buscar la libertad dentro de la disciplina y la práctica artística, tratando de complementar su talento natural con un duro trabajo diario”. De esta forma, técnica y naturalidad, empeño y espontaneidad, cercanía y alejamiento del mundo visible son algunas de las claves del estilo taoísta de este maestro chino-mexicano, de este pintor chino-mexicalense. Y tales pinturas son, sin duda, el mayor legado de Eduardo Auyón. Unarte que, en la rama quebradiza, equilibra su canto, se lanza al vuelo.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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