Francisco José Amparán: lo provinciano no quita lo universal
Un día de 2010, en Torreón, Coahuila, Francisco José Amparán, el escritor, periodista y profesor del Tecnológico de Monterrey, salió de su casa a pasear a su perro.

Un día de 2010, en Torreón, Coahuila, Francisco José Amparán, el escritor, periodista y profesor del Tecnológico de Monterrey, salió de su casa a pasear a su perro. Tenía 52 años de edad y más de una docena de libros publicados en su haber. Fue su último paseo, pues un ataque al corazón acabó con su vida. Amparán, nacido en Torreón en 1957, fue uno de los impulsores de la narrativa policiaca en el México de las últimas décadas del siglo XX. Fue miembro de la Asociación Internacional de Escritores Policiacos, de la que formaron parte también autores de la talla de Paco Ignacio Taibo II, Daniel Chavarría y Rafael Ramírez Heredia, entre muchos otros. Su prosa apostaba por una narrativa desenfadada, divertida, amena. Buscaba que sus obras no aburrieran a sus lectores, que les sacaran una sonrisa por los enredos de sus protagonistas, por las contradicciones sociales en que estaban inmersos. Crítica punzante de la realidad desde el humor incisivo, desde la sátira tenaz. Fue, sin duda, un representante del neopoliciaco mexicano y junto con autores emergentes, como Juan Hernández Luna, Élmer Mendoza, Hugo Valdez y Gabriel Trujillo Muñoz, cambió el panorama del género negro en nuestro país a fines del siglo XX.
Como muchos otros escritores del norte mexicano, entre los que me incluyo, Francisco José Amparán practicó la escritura literaria como una vocación, como un destino, como una identidad. Y lo hizo desde casa, desde su solar nativo, desde su querencia a los lugares que le eran propios, que le daban escenarios y personajes para elaborar sus obras, que lo estimulaban a contar sus vicios y virtudes. Perteneció a una generación que hizo lo contrario de los escritores de épocas pasadas en la provincia mexicana, en ese interior del país que tanto ha nutrido a la cultura nacional con creadores en todas las disciplinas artísticas desde la Independencia hasta nuestros días. Decidió primero ser un escritor profesional. Quiso ser un narrador y un periodista de tiempo completo. Y lo logró. En eso nos parecíamos: la literatura no era para él un pasatiempo de fin de semana sino el centro de su vida.
A Francisco le tenía sin cuidado los fastos centralistas de la cultura mexicana: lo que le interesaba era hacer grande a su ciudad nativa, a su región, con su trabajo, con su creatividad, con su presencia, con su impulso. No es que no fuera ciego al centralismo reinante en la república de las letras, pero no quería apoyarlo marchándose a la ciudad de México como tantos otros. Su visión era la de toda su generación: si lo puedes hacer desde tu lugar nativo, ¿para qué emigrar?, ¿para qué cortar con tus raíces?, ¿es más literario pasear a tu perro en la colonia Condesa de la capital del país o en la colonia Hidalgo de Torreón, Coahuila? ¿A quién le importa? Lo que vale es la obra que haces vivas donde vivas. Decir provincia no es acatar el prejuicio desdeñoso que conlleva semejante término sino defender las riquezas que posee, la creatividad que representa, los temas que por locales son igualmente universales si sabes llegar al corazón de lo humano: sin fronteras de por medio, sin complejos de inferioridad, sin sumisiones cortesanas.
El periodista Gerardo Segura lo captó a mediados de la última década del siglo XX, cuando reseñó tres obras narrativas de autores norteños (Hojas de utopía, enero-febrero 1997), en un texto titulado “Tres negros de la frontera norte”, donde decía que entre 1994 y 1995 habían aparecido tres libros del género policiaco o neopoliciacoen el norte mexicano: El crimen de la calle Aramberri de Hugo Valdez, Mezquite Road de Gabriel Trujillo Muñoz y Otras caras del paraíso de Francisco José Amparán. Segura estaba seguro que estos “tres escritores dan carta de naturalización a la literatura policiaca en el norte del país” y agregaba que “no fueron los primeros ni los únicos”, ya que antes de ellos estaban tres autores tamaulipecos: Rafael Ramírez Heredia, Orlando Ortiz y Matilde Mattei de Ferrara. Pero Gerardo apostaba por estos tres “negros” norteños porque habían escrito novelas ubicadas en sus respectivas ciudades: Monterrey, Mexicali y Torreón, mostrando “las peculiaridades culturales, económicas y escenográficas correspondientes y, desde ahí, haberlas sabido poner en el panorama nacional, no de la literatura negra, sino de la literatura en general”.
Y Amparán fue testigo y protagonista de esos cambios, de esa escritura que se hizo universal desde la tierra propia.
*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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