Crónica de una vida a 45 grados
Cada verano en Mexicali descubro que la memoria es una traidora.

Cada verano en Mexicali descubro que la memoria es una traidora. Cada año creo recordar lo que significa el calor en esta ciudad árida, desértica y tan lejos de todo que a veces parece normal. Bastan unos minutos bajo el sol para entender que no recordaba nada.
Entonces hago un inventario de las décadas que he pasado en este pedazo de tierra que arde como un comal. Estos días, el aire pesa, quema, y cualquier trayecto termina convertido en un ring donde se lucha a tres caídas contra el sol.
Mi primer recuerdo me lleva a finales de los setenta, frente al enorme cooler que mis abuelos tenían en el cuarto trasero de su casa. Su run, run, run era el sonido oficial de la llegada del verano. Respiraba con dificultad, como un viejo animal mecánico condenado a trabajar sin descanso. Del otro lado de los paneles de paja húmeda llegaba un aire espeso, impregnado de ese olor inconfundible de la madera mojada. No era exactamente frío, pero en Mexicali uno aprende muy pronto que la frescura también admite matices.
En realidad no había mucho que hacer durante las tardes. La estrategia de supervivencia consistía en tenderse frente al cooler con un montón de revistas, mientras esperábamos a que el sol cediera un poco. Solo entonces recuperábamos el derecho de salir al patio y a la calle, como si alguien levantara el toque de queda impuesto por el sol.
Recuerdo que mi vecino tenía una de esas refrigeraciones que, a mis ojos de niña, se alzaba como un obelisco. Ronroneaba sin descanso y aventaba gotitas de agua entre los paneles que se abrían como persianas. En esa época, un lujo así estaba reservado para quienes podían permitírselo.
Luego llegaron los impetuosos ochenta y con ellos la refrigeración de ventana, que por alguna razón todos llamaban “Michell”. Nunca supe de dónde salió el nombre, pero aquello era un auténtico búnker. Bastaba cerrar la puerta para entrar en otra dimensión: un glaciar en medio del desierto. Nos arropábamos para ver la televisión mientras el mundo, del otro lado de la pared, seguía ardiendo.
Ese paraíso cabía en un solo cuarto. Ahí nos amontonábamos felices, entre cojines, partidas de Atari y las películas que la televisión abierta repetía una y otra vez. La felicidad duraba hasta la mañana siguiente, cuando mis padres se iban a trabajar y apagaban “el aparato”, según ellos para que descansara el motor. Entonces las moscas nos despertaban y el sudor pegajoso de agosto volvía a envolverlo todo. El verano retomaba su sitio, taladrando mis vacaciones, y también mi infancia.
Con los noventa llegaron las refris depaquete, esos enormes contenedores sobrelos techos capaces de enfriar la casa entera.Aquello parecía un lujo definitivo, la promesa de haber derrotado, por fin, al desierto. Pero la ilusión duró lo que tardaron enllegar los recibos de la luz. Desde entonces,buena parte de la economía de los cachanillas comenzó a medirse en kilowatts. Tresdécadas después, el calor sigue siendo unabarbarie para nuestros bolsillos.
Ahora, en estos dos mil y tantos, cadaquien se las arregla como puede. Yo meconformo con mis minisplits que cubrenmis necesidades; otros apuestan por equipos más sofisticados y algunos usan lospaneles solares para aliviar el costo de laelectricidad. Al final, después de tantas décadas, todos terminamos haciendo lo mismo: construir refugios para sobrevivir alverano y abastecer nuestras guaridas conlo que podemos.
Dicen que Mexicali es la ciudad que capturó al sol. Después de casi una vida enteraaquí, a veces pienso que ha sido el sol el quenos capturó a nosotros.
* La autora es periodista inmigrante.
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