Poeta, ensayista y narradora, Rosina Conde nació en Mexicali y se hizo en Tijuana. Pero en cuanto le pones enfrente un plato de comida china le sale lo cachanilla. Como a tantos otros escritores, muchos de ellos empezaron siendo un rumor antes que una presencia tangible. A Rosina la leí en la revista El último vuelo, si mal no recuerdo. Y sus poemas y pequeñas viñetas de vida eran todo menos una contracorriente literaria que no dejaba títeres con cabeza. La suya era la irreverencia, la honestidad, la franqueza. Sus poemas no eran cantos sonoros al paisaje, a la entidad o al amor en cojines de satén. No había ni la mínima pizca de romanticismo. El amor era una batalla campal que acababa en humillaciones y descalabros, mientras que el sexo no pasaba de ser un espectáculo hecho de quimeras insostenibles, un violento orden patriarcal donde la mujer sólo debía obedecer las reglas impuestas por la injusta sociedad, un teatro de la crueldad donde el gozo sólo era consentido para el hombre.
Rosina, desde que la descubrí allá por los años ochenta del siglo pasado, fue a una mujer que no llevaba su visión del mundo como una carga intolerable. Rosina era una persona alegre, afable, llena de recursos vitales para abrirse paso en un mundo cultural donde las mujeres podían ser poetas si se dedicaban a alabar la maternidad y la crianza de los hijos y párenle de contar. Pero ella -y he sido testigo múltiples veces- nunca ha pedido permiso para hacer lo que le da la gana, para ser quien es pésele a quien le pese. Los tabúes la traen sin cuidado. Las prohibiciones le vienen guangas. Los límites se los pasa por el arco del triunfo. Así es ella. Así ha sido siempre. Una luchadora que nunca pierde la sonrisa en la boca, el corazón pulsante, la emoción de ser libre a la vista de todos.
Mucho se ha dicho ya de que Rosina es una pionera en Baja California en hacer de la literatura un recuento auténtico de la vida en sociedad, una crítica precisa para una generación de mujeres, las que crecieron y maduraron en la segunda mitad del siglo XX, esas mujeres que ejercieron sus derechos en sus propios cuerpos y frente a los inmensos obstáculos impuestos por las tradiciones caducas y las costumbres ancestrales. Pero Rosina no es solo una luchadora que utiliza su creatividad para recordarnos los motivos de su lucha, las causas de su libertad. Su obra también es pionera en otro sentido: porque en ella hay una escritura que no acepta las sujeciones y convencionalismos de la lengua en que escribe.
Desde el principio, Rosina ha sido una autora multimedia, una creadora interdisciplinaria. Cuando el resto de su generación, ya fuéramos poetas sublimes o contraculturales, leíamos poesía con cara de palo y entonación de funeral a la Octavio Paz, ella andaba ya en el zangoloteo expansivo, en la afiebrada voluntad de gritarle al mundo lo que traía dentro de sí. Sus presentaciones no eran actos solemnes, de niños bien portados, de poetas monaguillos en sus templos barrocos. Para ella, el verso libre no era suficiente liberación poética: había que hacer ver al público que la poesía era mucho más que un modoso acontecimiento público. Rosina, en contraste con muchos poetas de su propia generación, se ponía a cantar sus versos como si fuera las mismísimas Janis Joplin y Tina Turner con una pizca de Chabela Vargas y Lucha Reyes. Y el blues fue siempre su tiempo de verano, su momento de éxtasis, su instrumento de vida.
Hay que verla con micrófono en mano y acompañada de un buen grupo de rock para reconocer que la literatura ya no era, para Rosina, solo escritura creativa sino performance en vivo y en directo. Muchas otras autoras siguieron sus pasos. Pienso, en especial, en Adriana Sing cantando con los Bluseros del Norte o en Alma Delia Martínez y sus baladas de canto nuevo. Pero la que dio inicio a toda esa forma de unir letra y sonido, música y vivencias no fue otra que ella, la Rosina, como tantos norteños la llaman. Ahora mismo, si uno busca los videos de sus presentaciones, una buena parte son conciertos donde la poesía canta sus alegrías y lamentos con los ojos cerrados, sin ocultamientos de ninguna especie. Poeta de voz potente y verso lapidario. Mexicalense tenía que ser.
*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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