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Rosina Conde: palabra mayor

Rosina ha trabajado su obra como ha hecho su vida: a contracorriente de las imposiciones sociales.

Gabriel  Trujillo

Rosina ha trabajado su obra como ha hecho su vida: a contracorriente de las imposiciones sociales, de las convenciones del mundo. Como ella misma lo dice a Guadalupe Esparza en el libro La lengua del camaleón (1990), sus problemas con la figura autoritaria de su padre fueron para escapar de las prohibiciones familiares: “A mí me tocó el surgimiento del rock underground en los años sesenta en Tijuana y era otro de los conflictos que tenía con mi padre, me inscribí en un club de los que compraban discos por correo y mi padre se enojaba porque cada mes me llegaba un disco de rock. En la madrugada pasaba todo ese rock por la radio. Yo escuchaba a las dos, tres de la madrugada, con el radio de transistores debajo de las sábanas de la cama, para que mis papás no se enteraran que estaba despierta. En México me tocó la época de los hoyos fonquis.” Su tiempo fue de experimentos comunitarios, de represiones colectivas por las figuras del poder: el estado, la iglesia, la familia. Y frente a ellas se hizo grande. Y ante ellas aprendió a encontrar las palabras como rutas de liberación.

Para Rosina Conde, escribir es un desafío, una forma de rebelión contra las imposiciones del poder patriarcal. Pero aquí hay que matizar: el padre era joyero, pero también componía canciones y su madre había sido cantante profesional en la XEW de la ciudad de México antes de casarse. De ahí que escribir no fuera cosa rara en el ambiente en que creció de niña y adolescente. Como todos los poetas de su generación, empezó escribiendo “poemas cursilísimos, con métrica y rima, sumamente melodramáticos”. Luego, a principios de los años setenta del siglo XX, se fue a estudiar a la UNAM la carrera de Lengua y Literatura Hispánica. Toda esa década fue de moverse de Tijuana a la capital del país y viceversa. El vivir en la ciudad de México fue una experiencia abrumadora. Lo norteña no se le quitó por más idas a Coyoacán que tuvo que hacer. En la UNAM adquirió una conciencia más clara de su rumbo creativo. De ser lectora voraz de los existencialistas franceses (Sartre y Genet) pasó a escribir cuentos y dramaturgia. Sus maestros fueron Augusto Monterroso, Huberto Batis y David Huerta. En ese aprendizaje, como ella lo dice, adquirió conciencia “de la escritura como una responsabilidad más directa en cuanto a lo que escribes y lo que quieres hacer con el lenguaje”. Su obra se ha ido desarrollando como una planta que crece en descampado: con el impulso de sus propias pulsaciones y deseos, con el ímpetu de sus experiencias al rojo vivo. Para nuestra autora, sus relaciones literarias son las que se centran en su propia generación, la legendaria generación de los movimientos de 1968 a 1971, de la matanza de Tlatelolco al halconazo del jueves de Corpus y al festival de Avándaro, la generación que hizo trizas el sistema político nacional y los valores morales de la clase media mexicana a la Sara García.

A Rosina siempre la he visto como una hermana mayor que tiene por oficio cantar lo que le duele, expresar lo que le alegra. Sin perder la compostura, siempre ha sabido romper tabúes, aventurarse a través de la imaginación para exponer lo que es el mundo en que vivimos, las contradicciones que lo mueven, las paradojas que lo animan. La última vez que pudimos platicar fue en un restaurante chino en Mexicali. Como buena cashanilla orgullosamente tijuanense, es la franqueza en persona, lengua desatada que susurra la vida en sus luces y sombras. Hija de las tempestades. Madre de los riesgos. Sin ella, sin su obra valiente y decidida, nuestra literatura le faltaría brío y prestancia, le haría falta rebeldía y vivacidad. Por eso hay que leerla en sus propios términos. Por eso hay que celebrar su aventura sin fin. Por eso hay que seguirle la pista de sus publicaciones, pero también de sus presentaciones. Porque Rosina es una escritora que es creadora escénica, voz para la plaza pública. En sus poemas, narraciones y canciones, lo que aparece es el retrato de una mujer norteña hecha a sí misma. Una poeta que se abrió camino por los senderos de la creación. Su legado es palabra mayor. Y por eso no es sorpresa que en 2024 recibiera el Premio Nacional de Literatura Inés Arredondo del INBAL. Un reconocimiento a su trabajo, a su palabra en libertad.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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