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El murmullo que no se apaga

Han pasado diez años y el susurro de las abejas no se ha ido.

Beatriz  Limón

Han pasado diez años y el susurro de las abejas no se ha ido. No se fue nunca. Cambia, se posa en nuevos lectores, pero sigue ahí, como un zumbido persistente que atraviesa el tiempo, como si el tiempo fuera una colmena.

En la novela El murmullo de las abejas, el noreste de México no es solo territorio, es un estado de la memoria. Un paisaje donde la Revolución Mexicana no termina de cerrar sus heridas y donde la realidad, a veces, parece inclinarse hacia lo imposible sin pedir permiso. Como si la historia, esa que suele escribirse desde el centro, también pudiera contarse desde los márgenes, desde las orillas, desde ese otro lado donde las cosas importantes también ocurren. ¡Si lo sabremos los mexicalenses!

Sofía Segovia también lo sabe y lo dijo sin rodeos: hay historias que México aún no ha terminado de contar. O peor aún, historias que ha contado a medias, como si al omitir partes incómodas pudiera suavizarse el dolor. Pero la literatura, cuando es honesta, no suaviza nada. Más bien abre puertas que no sabíamos que estaban cerradas.

“Es necesario contar un México completo”, insiste la autora. Y en esa frase hay una idea que no es sólo literaria, sino casi política, la de aceptar que un país no cabe en una sola versión de sí mismo.

En su novela, ese país múltiple respira a través de Simonopio, un niño que aparece como si la naturaleza hubiera decidido escribir una excepción. Envuelto en abejas, marcado por lo inexplicable, no pertenece del todo a la lógica humana. Y, sin embargo, es él quien parece entender mejor el lenguaje del mundo.

“Es una abeja en forma de niño”, dice Segovia, y la frase queda suspendida en el aire, como si no perteneciera del todo al mundo de lo literal. Simonopio fue, además, la sorpresa más inesperada de su propia creación, un personaje que le arrebató el corazón a la autora y terminó por imponerse, catapultándose como protagonista.

La historia avanza entre guerras, pandemias y reformas agrarias que reacomodan la tierra y también las jerarquías. Pero lo que realmente se mueve no es solo la estructura social, es la forma en que los personajes aprenden a mirar lo que antes no querían ver. El privilegio, la pérdida, los estereotipos, la violencia silenciosa de lo heredado.

Y entonces aparece otra capa, más sutil, casi invisible, la de la tierra que piensa. Las abejas como testigos, como mensajeras, como una inteligencia colectiva que no necesita explicación para existir.

En ese universo, lo real no se rompe, seexpande. Y lo mágico no es escape, sino otraforma de nombrar aquello que siempre estuvo ahí, pero que no se había querido mirar. La novela no romantiza al campesinoni venera la Revolución; en cambio, exponelo blanco y lo negro de la historia, sin concesiones ni matices cómodos. La historiatambién condena y a la vez futuriza.

Quizá por eso esta novela sigue viva.No por nostalgia ni por fenómeno editorial,sino porque insiste en una idea incómoda,que la historia no es una sola voz, sino muchos murmullos. Y que esos murmullos, siuno se detiene lo suficiente, pueden volverse tan fuertes como para cambiar la formaen que entendemos lo que llamamos realidad.

Esto es lo que escribí durante la presentación de la escritora Sofía Segovia, en supanel en la Feria Internacional del Libro dela UABC, donde celebró con alegría el décimo aniversario de una novela que ha cautivado a más de un millón de lectores. Lescomparto un fragmento de esa maravillosapresentación, entre el calorcito de abril y lacalidez de los cachanillas.

*- La autora es periodista inmigrante.

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