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El rompecabezas del desarrollo: potenciar las vocaciones regionales para ganar en Norteamérica

Salvador Maese Barraza

El rompecabezas del desarrollo: potenciar las vocaciones regionales para ganar en Norteamérica

“El desarrollo es un proceso de descubrimiento de las capacidades propias, no de imitación de las ajenas.” Albert O. Hirschman

México no es un país monocultural, ni mucho menos monoeconómico. Sin embargo, durante décadas hemos actuado como si lo fuera, centralizando inversiones, talento y decisiones en unas cuantas ciudades. Ha llegado el momento de voltear a ver el mapa y entender que el desarrollo económico nacional pasa, necesariamente, por impulsar las vocaciones productivas de cada región. No se trata de inventar industrias donde no existen, sino de reconocer, profesionalizar y conectar las fortalezas que ya están latiendo en el territorio.

El norte del país, por ejemplo, ha construido una potente vocación metalmecánica y aeroespacial. Ciudades como Querétaro, Chihuahua y Baja California albergan plantas de clase mundial en manufactura de componentes para aeronaves y semiconductores. Su área de oportunidad es clara: escalar en la cadena de valor, pasando de maquiladoras a centros de diseño e ingeniería. Para ello se requiere invertir en formación técnica especializada y vincular a la pequeña y mediana industria local con los grandes clústeres.

Mientras tanto, el Bajío y el occidente destacan en el sector agroalimentario y metalmecánico de precisión. Guanajuato, Jalisco y Michoacán no solo producen alimentos para el mundo —berries, aguacate, tequila— sino que también han desarrollado tecnología de riego, empaque y logística. Su reto es modernizar el campo con prácticas sostenibles y certificaciones que exige el mercado de América del Norte, donde la trazabilidad y el cuidado ambiental son cada vez más exigentes.

En el centro y sur, emergen con fuerza las industrias de software, tecnologías de la información y comercio especializado. La Ciudad de México, Puebla y Guadalajara —esta última ya un referente tecnológico— tienen el capital humano joven y creativo. Su debilidad: la desconexión con el resto de las regiones. Un programador en Jalisco debería poder resolver problemas de logística para un productor agroalimentario en Sinaloa o para un fabricante de semiconductores en Sonora.

Ahí está el verdadero reto: parchear el portafolio de capacidades. No basta con tener islas de excelencia. Necesitamos un ecosistema donde la metalmecánica suministre maquinaria al agro, donde el software optimice el comercio regional y donde la industria aeroespacial contrate servicios de mantenimiento desarrollados por pymes tecnológicas del sur. El comercio global de Norteamérica —bajo la lógica del T-MEC y el nearshoring— demanda cadenas cortas, confiables y resilientes. México puede ofrecer eso si articula sus regiones como un solo equipo, no como franquicias independientes.

El gobierno federal, los estados y la iniciativa privada deben co-invertir en infraestructura digital, centros de formación dual y fondos de innovación regional. La próxima década será definida por nuestra capacidad de pasar del diagnóstico a la acción. Las vocaciones están ahí; falta orquestarlas.

- El autor es Presidente de Index Mexicali.

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