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Las reglas de la escritura: una opinión personal - I

A lo largo de mi trayectoria como escritor he sido poeta, narrador y ensayista, historiador, periodista y promotor cultural.

Gabriel  Trujillo

A lo largo de mi trayectoria como escritor he sido poeta, narrador y ensayista, historiador, periodista y promotor cultural. En todas esas décadas he podido argüir, con mis propias creaciones, las principales normas en que he basado mi labor autoral. El principio básico es, por supuesto, el uso irrestricto de la imaginación. Pero la forma de llevarlo a cabo es cosa de cada creador.

Probablemente, la regla principal es que, desde que recuerdo, el mundo me asombra. Y cuando digo asombro, quiero decir que tal reacción ante la realidad no se circunscribe a un cierto embeleso sino a la aceptación de que el mundo asombra por lo que nos ofrece: la belleza y el horror, el amor y el miedo, la certeza y el caos. Lo que da gozo y lo que hiere. De ahí parte la creación artística desde nuestra frágil condición humana. De ahí nace la conciencia de que todo nos pertenece por derecho de imaginación. Que respondemos a los frutos del mundo con la creación de nuestros propios mundos.

¿Y cómo reaccionamos? Trabajando en nuestros escritos. El trabajo es la base de nuestras creaciones. Un trabajo que sea placer y disciplina al mismo tiempo. Que alimente nuestras vidas en el transcurso de nuestro trayecto como individuos, como parte de una comunidad con la que dialogamos y discrepamos continuamente. Y continuamente es la clave de todo trabajo: el persistir, el no darse por vencido, el seguir adelante hasta obtener el resultado que uno busca, la obra que uno pretende. Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que cuando comencé en los menesteres de la escritura, eran un centenar, cuando menos, los creadores de mi generación que me acompañaban en ese anhelo por hacer libros. Los que hoy seguimos no pasamos de una docena. La obra es cosa de trabajo, claro, pero también de persistencia.

Muchos son los obstáculos a los que se enfrenta el escritor primerizo. Uno de ellos es la falta de autocrítica o, peor, el exceso de la misma. Crear tiene mucho de trabajo, pero también mucho de juego, de delicia. Es un aprendizaje interminable, una educación que nunca se termina. Además, uno no escribe solo para sí. Está el contexto en que nos hacemos escritores frente a la sociedad. Hay veces que recibimos su respuesta y hay veces que hablamos al vacío. El creador debe resistir dos corrientes antagónicas: las de las tendencias de moda y las del culto secreto. Debe escribir no para agradar a la opinión pública mayoritaria pero tampoco tiene que pensarse como alguien superior a su comunidad, como parte de una cofradía para iniciados. La creación es un trabajo como cualquier otro: se ejerce frente a tus pares, tus colegas, pero en la plaza donde todos tienen un criterio al respecto, un juicio de valor. Ciertamente es cosa de cada autor lo que quiere escribir y cómo quiere hacerlo. Resistir es ser fiel a lo que te mueve a escribir, le guste o no a tus lectores, le guste o no a tus colegas. Ser leal a tus filias y fobias, a tus creencias y dudas. Asumir tu propia brújula creativa y mantener la ruta que tú mismo has elegido hasta llegar a esas tierras donde todo es posible.

Pero, ¿qué pasa cuando no sólo eres poeta o narrador, cuando trabajas el ensayo, la crítica literaria, el periodismo cultural? Allí entra la indagación, el buscar respuestas a las preguntas que tú mismo te haces. El ser curioso de cuanto alimente tu sed de realidad, tuhambre de espejismos. Indagar es no esperar a toparte con la experiencia del asombro por accidente sino ir en su búsqueda, explorar todos los lugares donde puede ser tuya. Indagar es pensar en los demás antes que en ti mismo. Es estudiar temas que te desafían, historias que es necesario dar a conocer, personajes memorables que vale la pena revelar en sus circunstancias y percances.

Y al hacerlo hay que celebrar lo que une a esos temas, historias y personajes con el aquí y el ahora. Hay que sacar, a la luz actual, las semejanzas y diferencias entre sus situaciones y las nuestras. Celebrar lo que nos enseñan y lo que nos ofrecen para entender mejor nuestra época, para comprender mejor que implica ser sociedad, hacer justicia, vivir en paz o en guerra, llamarnos humanos sin que necesariamente lo seamos. Pero no dejar de escribirlo. Nunca.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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