El Nietzsche de Rael Salvador
Para un filósofo como Friedrich Nietzsche, las verdades que encontró en su vida.

Para un filósofo como Friedrich Nietzsche, las verdades que encontró en su vida -si es que lo descubierto podía ser llamado una verdad- no son dogmas sagrados sino bombas lanzadas contra su sociedad, escupitajos contra las convenciones de su tiempo. En su obra, a veces fragmentaria, siempre transgresora, capaz de trascender lo obvio, lo pueril, lo moralista, nos encontramos con un pensador que hizo de su individualismo acérrimo su fuente de conocimientos y actitudes, de ideas que estremecían los fundamentos de la civilización occidental, que subvertían las ideas de moda. Para Nietzsche, todo debía pensarse de nuevo, todos debían ser herejes de sus propias creencias. Entrar a la filosofía nietzscheana es aceptar el extravío como la fórmula esencial para adquirir la lucidez. La suya es una religión sin opresiones, una iglesia sin poderes.
Rael Salvador, escritor ensenadense, ha creado su versión personal de Nietzsche y la ha dado a conocer en su libro Nietzsche. El príncipe sublime del intelecto (La Jornada Baja California, 2023). La suya es una aportación a los estudios neitzscheanos, sí, pero sobre todo es un diálogo continuo con un escritor que le apasiona, que lo mantiene en vilo, que no lo deja en paz. Este libro de Rael es una invitación a la fiesta, una bienvenida a un horizonte en llamas, una casa de puertas abiertas para que el lector descubra que Nietzsche no es un erudito, un profesor, sino algo más trascendente y más cercano: un amigo entrañable. Lo que le interesa a Rael no es la reflexión intelectual por sí misma sino la experiencia creativa, el tomar a la filosofía como un salto hacia el abismo con risas de por medio, como un lazo perdurable que, en su caso, ha hecho que su vida sea más rica, más veraz, más sustanciosa. Eterno retorno al país de la nostalgia, al reino de la juventud.
En su presentación, breve y concisa, Salvador advierte, nos advierte, que: “Lo que aquí se lee, no es un tratado académico sobre el autor de Así habló Zaratustra, ni siquiera un atrevimiento, con o sin método, veleidoso y arrogante. Nietzsche, si se explica o no se explica, es claro y categórico por sí mismo. Más bien es una celebración a mi memoria, la meditación sobre un acompañamiento accidental, que permeó con tinta una amistad duradera, acercamiento que lleva más de medio siglo”. Este es un libro que hace recuento de una época especial para Rael: la de sus deslumbramientos como lector adolescente, las de sus asombros como creador primerizo. Los capítulos de Nietzsche. Príncipe sublime del intelecto (un título por demás muy decimonónico) se leen como si leyéramos una tromba, un remolino, un tornado. Por las ideas que plantea, por los saltos conceptuales, por las imágenes que Salvador pone ante nuestros ojos. Momentos claves para acercarnos a un explorador de nuestra condición humana, a un exhumador de tesoros que siguen vigentes. En Nietzsche, las palabras son latigazos. En Rael, acordes por tocar desde su estirpe anarquista.
Ese fue el Rael Salvador que conocí a finales de los años ochenta del siglo pasado: un poeta maldito que escribía para fundar un mundo nuevo desde las ruinas de aquella década. Un bardo que renegaba de todo menos del lenguaje. Un profeta con la verdad como escudo de armas, con la imaginación como as bajo la manga. Por eso, el Nietzsche que aquí nos presenta es una forma de agradecimiento a un maestro ejemplar, es un dar gracias por la lucidez alcanzada, por la rabia contenida, porque para nuestro autor este filósofo alemán es, principalmente, una estación de tránsito en su propio periplo como escritor hecho y derecho, un trampolín creativo para saltar hacia otros autores y obras. No un muro de contención sino la aventura en marcha. No una vida segura sino la apuesta interminable, el azar al que se juega hasta el último aliento, la inmolación de la palabra en el altar del escepticismo.
¿Quién es Nietzsche para nuestro autor?¿Un precipicio? ¿Una carta marcada? ¿Un regreso al país de la nostalgia? ¿Una mancha Rorschach? Que cada lector lo interprete a su gusto. Porque Nitezsche. Príncipe sublime del intelecto no es, por más que su título pudiera sugerirlo, una alabanza al espíritu aristocrático sino el registro personal de una enfermedad contagiosa que, después de padecer sus fiebres y escalofríos, nos permite ver el mundo con otra mirada, nos ayuda a despertar siendo otros: más libres, más justos, más veraces.
*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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