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Mario Almada, leyenda del western mexicano

Vestido de negro, pantalón, camisa, chaleco de cuero y un sombrero de copa alta, era imposible no distinguir a Mario Almada.

Beatriz  Limón

Vestido de negro, pantalón, camisa, chaleco de cuero y un sombrero de copa alta, era imposible no distinguir a Mario Almada, el legendario “Justiciero mexicano” en las pantallas de nuestros televisores. No era para menos. Durante décadas, generaciones enteras crecimos viendo a los hermanos sonorenses, Mario y Fernando Almada, cabalgando entre vaqueros, policías y bandoleros, forjando un estilo propio que marcaría para siempre al cine popular mexicano.

Esta semana tuve la oportunidad de entrevistar a su hijo, Mario Almada Ruiz, quien se encuentra promocionando la primera biografía de su padre, “Mario Almada, la leyenda: Una historia de película” que ya se vende en Amazon.

Para mí, esta entrevista fue reveladora. En el imaginario colectivo de mi infancia, recuerdo a los Almada ocupando casi en solitario el papel del vaquero mexicano. Tal vez era también una necesidad de tener nuestro propio “Llanero Solitario”, montado a caballo e imponiendo justicia en la pantalla.

Los hermanos Almada no eran actores profesionales; llegaron al cine casi por accidente. Pero México parecía necesitar a su propio justiciero. Ellos encajaban con naturalidad. Sabían del campo, eran jinetes diestros, azotaban el látigo y eran agricultores en Huatabampo, un pueblo sonorense de tradición revolucionaria.

Ese lugar también forma parte de mi historia. Es el pueblo de mi madre, Rosita, y el sitio donde pasé muchos veranos de infancia. Una tierra de generales donde descansan los restos de Álvaro Obregón. Allí, en ese pueblo, comenzó también la leyenda de los Almada.

Su legado reúne más de 300 películas, una cifra que convirtió a su padre en el actor con el mayor número de filmes protagonizados en el mundo. Mario Almada llegó al cine cuando muchos actores ya pensaban en el retiro. Tenía 42 años y, según cuenta su hijo, todo ocurrió por azar, un actor sufrió un accidente y ocupó un papel pequeño. Poco después vendría la oportunidad que cambiaría su destino.

Esa apertura fue “Todo por Nada” (1968), la película rompió con los esquemas del western mexicano de la época, una historia de venganza familiar filmada con crudeza en el Desierto de Sonora que consolidó el arquetipo del justiciero.

Le pregunté si creía que el éxito de su padre en el cine respondía a la necesidad de los mexicanos de tener un justiciero propio. Su hijo asintió. Pero añadió que el personaje no era muy distinto del hombre que era en casa. Lo describió como alguien justo y respetuoso, que jamás pronunciaba una grosería.

También tuvo grandes amistades en el mundo del cine. Entre ellas, recuerdasu hijo, el actor Mauricio Garcés. Y yopensé, a primera vista, son tan opuestos,Garcés, con sus batas de seda y su estilo sofisticado en pantalla; Almada, el vaquero recio de bigote poblado y chalecode cuero. Pero la amistad era real. Garcés solía pasar por él en un auto grande,descapotado, y juntos salían a divertirse.

La vitalidad de Mario Almada me sorprendió, nunca dejó de trabajar. Su última aparición en el cine fue a los 92 años,apenas dos años antes de morir, en la película “El Infierno”. Le comenté a su hijoque alguna vez escuché que era el únicoactor al que le sentaban bien las arrugas.Sonrió. “Él decía que cobraba por arrugas”, respondió, antes de soltar una carcajada.

Mario Almada murió a los 94 años, en2016, rodeado de su familia. Según su hijo, no estaba enfermo y ni siquiera tomaba medicinas. “Murió de cansancio”, dice. “Se le cansó el caballo y se le acabaronlas balas”. Sus cenizas descansan en Huatabampo, en la iglesia de Cristo Rey.

* La autora es periodista inmigrante.

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