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Mexicali también se escribe en cantonés

“Ven a celebrar el Año Nuevo Chino 2026 en el Barrio Mágico de La Chinesca”.

Beatriz  Limón

“Ven a celebrar el Año Nuevo Chino 2026 en el Barrio Mágico de La Chinesca”. Eso dicen los anuncios. Y mientras lo leo, no puedo evitar imaginar al profesor Eduardo Auyón Gerardo caminando por los carcomidos y grisáceos callejones de la chinesca, con su saco azul marino y su pulcro peinado de lado. Así, como era él, hablando a rajatabla, con ese acento cantonés que despertaba los sentidos y, a la vez, con un español norteño adquirido después de años de haber dejado atrás su provincia cercana al Delta del Río de la Perla, en Guangdong, China.

Y pienso: ¿cómo se embarcó en ese viaje desde esa provincia rodeada de colinas y cadenas montañosas para llegar a Mexicali, una ciudad que arde como brasa en un anafre? Una ciudad perdida en el desierto, con olor a sol y a sudor del bueno, de ese que se desprende de las manos campesinas y de las jornadas largas.

¿Se acordará La Chinesca de él, de su caminar apresurado y su mirada pícara? ¿Ya lo habrán olvidado las calles del barrio, “sus paisanos”, como les decía a los chinos que pululan en las calles del centro de Mexicali?

Quizá las nuevas generaciones no lo sepan, pero durante décadas el profesor Auyón fue presidente de la Sociedad China en Mexicali. Más que un cargo, fue una presencia constante, un puente entre generaciones, entre idiomas, y entre culturas, que parecían convivir en mundo paralelo. Logró fusionarlas, con respeto y prudencia.

También fue un artista profundamente querido. Si alguna vez escuchaste su nombre, seguramente oíste hablar de sus caballos celestiales. Verlo trabajar era un privilegio. Frente a la acuarela que se desliza tan dócil y a la vez traicionera, su precisión era absoluta. Dos, tres pinceladas. Nada más. Y de pronto, sobre el papel de arroz, emergía un caballo de torso alargado, en pleno salto, como si acabara de romper la gravedad. Entre mis pertenencias preciadas, conservo varias de sus obras.

Ay, profesor Auyón, me gustaría que pudiera ver el colorido del barrio chino ahora. Ha vuelto a respirar. Late. Se llena de visitantes, de luces nuevas, de una narrativa que lo presenta como destino y emblema. La Chinesca vive otro momento, más visible, más celebrado.

Pero también haría falta volver a escuchar su historia. No la versión “mágica” que simplifica el pasado para hacerlo vendible, sino la que habla de una migración difícil y, muchas veces, dolorosa. La que no comenzó con faroles rojos, ni festivales, sino con trabajo incesante.

De ese esfuerzo surgieron comercios y miles de restaurantes que hoy iluminan la identidad culinaria de Mexicali. No fue un proceso espontáneo, ni folclórico. Fue el resultado de décadas de disciplina, adaptación y transculturización, aprender un idioma sin abandonar otro, arraigarse sin dejar de recordar, negociar pertenencias en una ciudad fronteriza acostumbrada a reinventarse.

Esa es la historia que merece contarsecon la misma intensidad con la que hoy secelebran las luces. No para restarle brilloal presente, sino para darle profundidad.

No enterremos la historia. Démoslepaso a lo que sigue, sí, pero con respetopor lo que fue y por lo que continúa siendo la cultura oriental en Mexicali. El barrio chino se ha convertido en símbolo,a veces estereotipado, pero sigue siendonuestro. Forma parte de la memoria colectiva de miles de mexicalenses que crecimos entre el chop suey, los chun kun,las carnitas coloradas, el arroz cantonéscon cátsup y la orden de chiles güeros,cortesía del chino Fito Yee.

Salgan hoy a celebrar el Año NuevoChino 2026 en el Barrio Mágico de La Chinesca, en el corazón del Centro Histórico.Y si andan por ahí, pidan la orden dos dela comida china corrida; cambien el brócoli con carne por chow mein. Brindencon una caguama fría por el Año NuevoLunar, el año del Caballo y del fuego.

*- La autora es periodista inmigrante.

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