Díalogo Empresarial
En el corazón de esta dinámica se encuentra el Tratado entre México, EstadosUnidos y Canadá (T-MEC).

La Cámara de Comercio de Estados Unidos acaba de enviar una carta al Congreso de ese país, firmada por más de 500 organismos, en la que pide otorgar certidumbre jurídica y regulatoria en la revisión del T-MEC. En recientes pláticas que tuve la oportunidad de entablar con empresarios de nuestro vecino país, pude constatar la coincidencia en que la relación económica entre Estados Unidos, México y Canadá es un entramado complejo pero vital.
En el corazón de esta dinámica se encuentra el Tratado entre México, EstadosUnidos y Canadá (T-MEC), un acuerdo comercial que, según el documento de la Cámara de Comercio de EE. UU., ha entregado “beneficios sustanciales a trabajadores, agricultores y empresas estadounidenses”.
Sin embargo, a medida que se acerca su revisión, las voces del sector privado estadounidense se alzan con una mezcla de reconocimiento y preocupación, demandando no solo su preservación, sino un fortalecimiento de sus cimientos.
El mensaje es claro: el carácter trilateral del acuerdo es innegociable. No se trata de ajustes menores, sino de asegurar la certidumbre jurídica y regulatoria que funge como oxígeno para la inversión y el crecimiento. En un entorno global incierto, Norteamérica necesita una hoja de ruta comercial clara y predecible.
La revisión de este año no debe ser un momento de vacilación, sino de reafirmación de los lazos que nos unen como región.
Las preocupaciones expresadas por el sector empresarial estadounidense, especialmente en una carta al Comité de Finanzas del Senado, son un barómetro de la salud de la integración. La demanda de preservar y fortalecer los mecanismos de protección a inversionistas no es trivial.
Las denuncias de “discriminación y expropiación” en México resuenan como una alerta roja. La confianza del inversionista es un activo frágil que se construye con años y se puede destruir en días. Asegurar un entorno donde las reglas del juego son estables y justas es fundamental para que el capital siga fluyendo y generando empleo.
La energía es otro pilar estratégico. La propuesta de una “alianza energética norteamericana” que consolide la seguridad regional y reduzca dependencias externas es una visión ambiciosa, pero necesaria.
En un mundo donde la geopolítica redefine constantemente los flujos energéticos, una estrategia unificada en Norteamérica no solo protege nuestros intereses, sino que nos posiciona como una potencia energética en el escenario global. Sin embargo, el documento también apunta a “acciones correctivas” que, si no se abordan, podrían erosionar el espíritu del T-MEC. Las críticas a Canadá sobre el acceso al mercado lácteo, la protección de la propiedad intelectual y las políticas digitales y farmacéuticas señalan áreas de fricción persistente. Pero es México, con su reciente reforma judicial, el que genera una preocupación significativa.
La advertencia de que esta reforma “plantea desafíos significativos para la independencia judicial y la autonomía regulatoria” es grave. La independencia judicial es la columna vertebral de un estado de derecho, y su erosión podría socavar directamente las disposiciones delT-MEC relativas a la solución de controversias y la autonomía de los órganos reguladores.
En esencia, el sector empresarial estadounidense no pide menos T-MEC, sino uno más robusto, más predecible y que se cumpla cabalmente. La revisión de este año es una oportunidad crucial para que los tres países demuestren su compromiso con una Norteamérica competitiva y unida.
Desatender estas preocupaciones sería un flaco favor a la promesa de prosperidad que el T-MEC representa para millones de personas en la región. La brújula debe seguir apuntando hacia la integración y la certidumbre, no hacia la fragmentación y la duda
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