En tiempos de conciencia social
Cuando las personas se organizan como comunidad, el impacto se hace evidente.

Cuando las personas se organizan como comunidad, el impacto se hace evidente. En las últimas semanas he observado varias manifestaciones y protestas en Estados Unidos, particularmente en Arizona. En esos espacios se percibe un sentido claro de propósito colectivo.
Al hablar con quienes participan y observar sus expresiones, queda claro que muchos se movilizan desde el orgullo y la convicción de que la acción conjunta aún puede generar cambios. En un contexto marcado por la incertidumbre y el miedo, esa respuesta de unión sugiere que, para muchos, la esperanza sigue siendo un motor de acción.
Ver la bandera de México ondear en otro país es un recordatorio visible de la presencia y la historia de las comunidades migrantes en Estados Unidos. En las protestas recientes, muchos jóvenes latinos han asumido un papel central, expresando con dignidad sus raíces y su identidad.
Para varios de ellos, la participación pública también implica representar a sus padres, quienes permanecen fuera de la vista por temor a las consecuencias de las redadas migratorias que se han intensificado en distintos estados. En ese contexto, los jóvenes se han convertido en portavoces de una generación que enfrenta un clima marcado por operativos agresivos, denuncias de discriminación y una aplicación de la ley que, para muchos, carece de rendición de cuentas.
Cuando salgo de Arizona y regreso a Mexicali, la distancia atenúa el peso de lo que ocurre del otro lado de la frontera. El dolor sigue ahí, pero se vuelve más abstracto, como si se observara desde lejos, sin la urgencia del día a día. Algo así, como ver desde las gradas.
Al volver a Arizona, esa distancia desaparece, todo se vuelve real. Las historias, los rostros y las consecuencias de las políticas migratorias recuperan su fuerza inmediata. Es entonces cuando la necesidad de exigir justicia reaparece como una llama encendida en mi corazón, no como un impulso momentáneo, sino como una respuesta constante a una realidad que sigue desarrollándose frente a nosotros.
No quiero sufrir, pero me niego a ignorar. En ese punto surge una tensión constante entre el deseo de protegerse emocionalmente y el compromiso social de no apartar la mirada, de luchar por nuestros derechos, de ser voz para otras voces.
Es entonces cuando vuelven a mi memoria los rostros y las miradas de los jóvenes sosteniendo pancartas, lanzando consignas para exigir justicia y humanidad,y para denunciar los abusos que afectan anuestras comunidades. No se trata solo deprotestar, sino de unirnos colectivamentefrente a una realidad que nos agrede y lastima.
Cada quien puede actuar desde su propia trinchera, pero hay principios que nodeberían ceder, no apagar la voz, no bajarla mirada, proteger al vecino, apoyarnoscomo comunidad latina. Compartir información verificada y ofrecer palabras deesperanza también es una forma de resistencia.
Frente al dolor de tantas familias separadas injustamente, estas acciones noresuelven todo, pero sostienen algo esencial, la dignidad colectiva y la convicciónde que el silencio no puede ser una opción.
*- La autora es periodista inmigrante.
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