Lo que el desierto cucapá me enseñó
¿Dónde te ha llevado la vida, Toña?

¿Dónde te ha llevado la vida, Toña? No me interesa una respuesta inmediata, acomoda tus palabras en el polvo fino sobre los cerros grises que rodean la pequeña comunidad donde aún persiste la memoria de los primeros habitantes, los cucapás. Esos cerros impetuosos, ásperos y silenciosos que custodian tu historia, nuestra historia, mi historia.
Cuéntame, Toñita: ¿bajo qué suelo descansa tu madre, Inocencia? ¿En qué parte del desierto se volvió tierra, en qué punto exacto la arena la reclamó como suya? Dicen que el lugar se llama El Meguanito, un sitio perdido en la inmensidad, pero ningúnlugar es realmente pequeño cuando guarda una vida entera. De ahí podría surgir una leyenda, una historia íntima, un recuerdo tejido con amor.
Dime, querida amiga, ¿cómo has sobrevivido al paso de los años, a las ausencias que pesan más que el sol feroz de El Mayor, a la tierra dura que te rodea y que, aun así, sostiene? Hay paisajes que no solo se miran, se cargan en el cuerpo. Existen sitios que se llevan como un sello en el alma. Hay recuerdos, que se tatúan por siempre, con árboles y fechas de despedidas.
Háblame de las voces que ya no están. De Pascuala. De Onésimo. De Raquel. De Inocencia. De Sol Nirvana. De Juan García Aldama. Nombres que alguna vez llenaron el aire del desierto y que hoy son recuerdos, esa forma de volvernos obstinados a la permanencia.
Vamos, Toña. Levanta tus manos de seda. Empieza de nuevo a bordar el arte que te enseñó tu madre. Teje la punta antigua de Inocencia y funde los colores del desierto, los ocres, los grises, los rojos gastados por el sol. Añade destellos brillantes, caracolas que recuerdan que incluso el desierto alguna vez fue agua.
Cuéntame qué ha pasado en mis largos años de ausencia ¿Recuerdas aquella tarde a la orilla del río Hardy? El calor era amable, la risa fácil. Mi madre estaba ahí, y nosotras reíamos a su lado, como si no supiéramos, o no quisiéramos saber, que su vida era una carrera silenciosa contra el tiempo. De ese día quedó la fotografía más hermosa que existe de ella.
Tal vez eso es la vida, Toña, un intento de fijar los años en recuerdos. Y tal vez escribirte sobre lo que han sido tu y tu madre en mi vida, sea otra forma de volver a casa.
Para mí, querida Antonia, el desierto siempre es franco y abierto, como mi corazón. Esta tierra que me forjó desde niña,donde mis raíces se hunden con profundidad, también es mi brújula. Quizá por esome siento tan plena en ese pedacito de mundo, frente al Cerro del Águila, rodeada depiedras que brillan como diamantes y de leyendas que, con el paso del tiempo, se transforman en cerros de arena negra.
Recuerda esto: el desierto no es un vacío, es un archivo vivo. Guarda tu memoria histórica, la de los cucapás, inscrita enel paisaje mismo. Ahí también habitan lasamistades sólidas, las que se construyencon los años, el calor y los encuentros.
Gracias a este desierto por su generosidad, por la memoria que resiste, por la gente que vino del río y por los vínculos que nose quiebran. Que el sol siga brillando sobrenosotros, no como una promesa, sino comouna continuidad.
*- La autora es periodista inmigrante.
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