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Un remanso de amor

Abrir el teléfono se ha convertido, muchas veces, en un atentado al alma.

Beatriz  Limón

Abrir el teléfono se ha convertido, muchas veces, en un atentado al alma. Las imágenes de abusos, asesinatos sin sentido, amenazas de gobiernos autoritarios, dictaduras absurdas, tragedias constantes y redadas inhumanas se acumulan hasta volverse insoportables. Hay momentos en los que quisiera creer que nada de esto está ocurriendo; que aún somos capaces, como especie, de construir un mundo armonioso. No uno perfecto, pero sí uno atravesado por la sensibilidad que nos permita convivir con respeto y compasión, no solo entre nosotros, sino también con la naturaleza y con esta tierra que, día tras día, seguimos golpeando sin tregua. Tengo la confianza que podemos lograrlo.

Y cuando hablo de esto, no pongo a todos en la misma canasta, por supuesto. Pero basta con observar el panorama mundial para percibir una descomposición que avanza sigilosamente, arrastrándonos hacia un pozo cada vez más oscuro. No se trata de un pesimismo autoinfligido, sino de una lectura honesta de los hechos que se repiten, se acumulan y terminan por pesar.

No he perdido la fe en el mundo. Tal vez, al contrario. Hay quienes dirían que todo esto tenía que suceder, que así está escrito, incluso en los textos bíblicos. Pero una cosa es leerlo como advertencia o profecía, y otra muy distinta es vivirlo en tiempo real. Esa distancia entre la palabra y la experiencia es profundamente triste, porque nos confronta con nuestra fragilidad humana y nuestra incapacidad colectiva para aprender del dolor.

Por eso me desconecto cuando puedo, a pesar de que mi trabajo me exige estar informada, mirar de frente lo que ocurre, aunque duela. Pero en los márgenes de esa obligación busco refugio. Es entonces cuando encuentro a Dios en el atardecer, en el murmullo de las horas, en la escritura, en la pausa consciente, en la oración, en una respiración lenta que devuelve algo de sentido y calma. Es una forma mínima y necesaria de resistencia.

Por esa razón, he decidido por un tiempo no escribir más sobre política. Es un ejercicio de paz mental y para evitar que se me revuelvan las entrañas. Sé que muchos escribirán y, con razón, sobre el asesinato de Renee Nicole Good, la madre de 37 años que perdió la vida tras los disparos de un agente de ICE en Minneapolis. Se escribirá sobre Venezuela, sobre las amenazas de Donald Trump de invadir o atacar a México, recesiones, colapsos gubernamentales, sobre una larga lista de tragedias que parecen no tener fin. Pero hoy no quiero, ni puedo, seguir alimentando la mecha del odio. En este espacio que comparto con ustedes, prefiero detenerme en lo pequeño, en los gestos de amor y bondad que todavía nos sostienen como humanidad. Quiero que sientan lo que llevo en el corazón: una certeza frágil pero persistente de que somos más los buenos en esta batalla.Que esta columna sea un remanso de amor, que de vez en cuando, nos acaricie el alma.

*- La autora es periodista inmigrante.

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