La música vernácula en Baja California
Si en buena medida la música autóctona de Baja California era la que cada recién llegado traía consigo de su tierra natal.

Si en buena medida la música autóctona de Baja California era la que cada recién llegado traía consigo de su tierra natal, hay que considerar que la música interpretada en los centros de espectáculos respondía más a los imperativos de los turistas extranjeros que escapaban de la prohibición. Estos turistas que abarrotaban la frontera durante la época de entreguerras primero exigían un servicio y un trato igual al que recibían en los sitios de diversión de sus países de origen. Luego, cuando contaban ya con un mayor conocimiento, pedían tener contacto con la cultura mexicana en sus aspectos más folklóricos y edulcorados. Querían ver un México típico del sur del país o basado en la imagen hispánica hollywoodense. Es decir: mariachis, burros y chinas poblanas o cantantes y bailarinas de flamenco. Pero con el transcurso del tiempo, en especial con la llegada del cardenismo en 1934, los centros nocturnos comenzaron a apostar por la clientela propia y la música nacional. Y más tarde, los bajacalifornianos fueron población suficiente para llenar cuanto negocio de diversiones se abría en las principales ciudades de la entidad.
Estos conciertos de mariachi al aire libre no fueron siempre del agrado de la mayoría de la población. La música ruidosa que se daba en las ciudades fronterizas llevó a serias quejas entre la gente que deseaba dormir para afrontar sus tareas laborales al día siguiente. Además, las fiestas con animación musical devenían en zafarranchos que tenían que controlar los representantes del orden público. Tanto llegó el nivel de escándalos en la vía pública, con mariachis incluidos, que el primer ayuntamiento de Mexicali (1953-1956) tuvo que establecer un “Reglamento que fue aprobado por el Ayuntamiento en asamblea extraordinaria efectuada el día 4 de junio de 1954, donde se decía que “la producción de ruidos y sonidos en los sitios y vías públicas y en los predios privados de la ciudad de Mexicali” ya resultaban molestos para la población por lo que además de los ruidos de silbatos, fábricas, cohetes y automóviles, se consideraba normar a los “instrumentos musicales o aparatos mecánicos de música, cantantes, orquestas, mariachis, bandas, conjuntos musicales, aparatos o personas que hagan sus veces, en actividades conocidas con los nombres de gallos, serenatas, mañanitas, etc.”
Además de los centros nocturnos, las carpas y las salas de cine, otro espacio que impulsó a la música popular a mediados del siglo XX fue la radio. Con sus concursos de aficionados, este medio fue un semillero de cantantes y músicos que más tarde se volvieron profesionales, como Gilberto Valenzuela, Leticia Cárdenas, Paco Márquez y Fernando Quiñones. Este último fue reconocido como cantante y compositor más en los Estados Unidos, en el circuito de las orquestas latinas, que en nuestro país. Nacido en Tecate en 1928, Quiñones fue, tanto por su biografía musical como por su trayectoria personal, un artista fronterizo en toda la extensión de la palabra. Según Víctor Alejandro Espinoza Valle en su libro Con la música a cuestas. Fernando Freddy Quiñones (2000), “en su juventud tecatense se formó parte de uno de los primeros grupos de música de la ciudad, Los Maniceros, que tuvieron sus mejores noches en El Mocambo”, para después partir a buscar fortuna a otras ciudades de California. Para Espinoza Valle, la vida de Fernando es la historia de los músicos migrantes que, a pesar de los escasos recursos, “buscaron el triunfo a costa del sufrimiento personal y familiar... sólo con una fe inquebrantable en un medio adverso vencido con tesón y vocación artística que perdura”.
Sin embargo, no todas las manifestaciones musicales fueron urbanas, pues en esta misma década de los años cincuenta del siglo XX, comienza una tradición cultural que va a tomar de la música country estadounidense sus mayores influencias para crear un bailable típicamente bajacaliforniano: el Calabaceado. Esta música-baile surge como una manifestación popular de los vaqueros de la Sierra de Juárez. En los años cincuenta se le llamaba simplemente baile vaquero, al ponerse de moda la música norteña. Casi siempre se daba en fiestas de rodeo y se bailaba en grupo, imitando las gracias del ganado. El ritmo musical es el del taconazo o huapango norteño. Baile sin descanso, fuerte y que toma muchos de los giros y movimientos de los bailes de los cowboys de la música country para luego adaptarla al estilo mexicano del norte de nuestro país y que aquí se ha vuelto un bailede tradición, patrimonio cultural de nuestro estado.
*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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