Por siempre ‘Juanga’
A casi una década de la muerte de Juan Gabriel, su figura continúa ocupando un lugar central en la conversación cultural del país.

A casi una década de la muerte de Juan Gabriel, su figura continúa ocupando un lugar central en la conversación cultural del país. El nuevo documental que explora su vida ofrece un retrato contenido pero revelador del Divo de Juárez. Una mirada íntima, directa y profundamente cercana. Así era él, del pueblo y para el pueblo. Un artista nato. Un genio de la música. Equiparable, para mí, a otro grande, José Alfredo Jiménez. En mi opinión, ambos comparten la corona, aunque es “Juanga” quien terminó por enamorarme con sus canciones. Mi favorita: “Abrázame muy fuerte”.
Crecí escuchándolo. Entre mis recuerdos más vívidos, me veo tarareando “Querida”, mientras que, sigo conservando la imagen de Juan Gabriel, rodeado de velas titilantes, envuelto en un suéter rojo quemado de cuello amplio, que dejaba entrever su naturaleza delicada.
Aún no conocía las complejidades del amor o del desamor, pero no hacía falta, podía sentir su alegría con “El Noa Noa” y su dolor en “Yo no nací para amar”. Con el tiempo, esas mismas y otras tantas melodías se volverían mías, entrelazando mis propias vivencias con su sensibilidad. Pocas cosas tan fieles a la vida: el amor como centro y la ausencia como herida. Años después, evocaría a mi madre cada vez que escuchaba su emblemática canción “Amor eterno”, una oda profundamente luctuosa.
Eso es, en gran medida, lo que lo convierte en un artista mayor, esa conexión genuina con la gente, esa capacidad de narrar la vida misma desde el canto desgarrado o desde la rebeldía desbordada. Además, en un país marcado por el machismo, Juan Gabriel fue también un hombre que desafió estereotipos con una naturalidad desarmante, lo que lo vuelve aún más digno de admiración.Recuerdo que, cuando era joven, a las personas afeminadas les decían “eres de Juárez”, una referencia velada a la orientación sexual del cantante. Décadas después, es evidente que Juan Gabriel no solo erosionó esos estigmas retrógrados, sino que elevó su arte a un lugar de absoluta celebridad cultural. Lo digo sin exagerar, tengo amigos de diversas nacionalidades, y aún no conozco a alguien que no sienta franca devoción por su música.
Recuerdo el asombro cuando, por primera vez, se montó una coreografía de ballet inspirada en el concierto que el Divo de Juárez ofreció en 1990 en el Palacio de Bellas Artes. El público, en su mayoría estadounidense, quedó impactado. Incluso el director artístico del ballet conoció la obra de Juan Gabriel tras la explosión mediática que siguió a su muerte en 2016. Sin hablar el idioma, bastó escuchar su voz y su interpretación para quedar profundamente conmovido.
Así de grande era Alberto Aguilera Valadez, conocido artísticamente como Juan Gabriel, el Divo de Juárez, el Divo de América, el ídolo de multitudes, o simplemente “Juanga”. A los 66 años, Juan Gabriel murió de un infarto el 28 de agosto de 2016 en su residencia de Santa Mónica, California, una noticia que nos estremeció. La ausencia de una autopsia alimentó especulaciones y teorías en torno a su muerte, incluso dando pie a insistentes rumores de que el cantante podría seguir con vida.
Yo prefiero pensar eso, por improbable que suene. Me lo imagino así, libre, despojado por fin de una agenda interminable, sin compromisos ni presiones, caminando por el mundo con la misma ligereza con la que alguna vez se deslizó sobre un escenario. Y desde algún rincón distante, observándonos. Viendo cómo seguimos aferrados a su música, cómo su voz continúa encendida en la memoria colectiva, cómo, al final, permanece vivo en nuestros corazones.
P.D. Les recomiendo el documental Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero. Algunas de sus escenas transcurren durante el concierto en la Plaza Calafia de Mexicali, donde, por cierto, yo estuve.
*- La autora es periodista inmigrante.
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