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Paseo de la Reforma, 1994: apuntes de una conversación

Descubrí, hace poco, en una bolsa llena de tarjetas de presentación y papeles traspapelados, una hoja pequeña donde escribí mis primeras impresiones de la conversación que había sostenido con el poeta Octavio Paz, a principios de febrero de 1994 en su departamento del Paseo de la Reforma, en la ciudad de México.

Descubrí, hace poco, en una bolsa llena de tarjetas de presentación y papeles traspapelados, una hoja pequeña donde escribí mis primeras impresiones de la conversación que había sostenido con el poeta Octavio Paz, a principios de febrero de 1994 en su departamento del Paseo de la Reforma, en la ciudad de México. Después de numerosas llamadas telefónicas y de ser interrogado exhaustivamente, el premio Nobel mexicano aceptó entrevistarse conmigo para que platicáramos sobre la estancia de su padre, Octavio Paz Solórzano, en Baja California, en el puerto de Ensenada, en 1912. La que supuse sería una charla rápida, de unos quince, veinte minutos, acabó siendo un encuentro de tres horas de duración en que dialogamos sobre temas que a ambos nos interesaban en ese momento.

Como Octavio Paz no me permitió usar grabadora, en cuanto salí de la entrevista busqué una cafetería cercana y me puse a escribir lo que recordaba de la misma. Luego guardé la hoja en mi cartera y regresé al hotel a seguir revisando el libro de Español de tercer grado de primaria que, al día siguiente, un grupo de expertos íbamos a evaluar en la Secretaría de Educación Pública. Era una época de crisis a finales del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, cuando la rebelión zapatista en Chiapas tenía en vilo al país. Al volver a Mexicali, el papel donde escribí mis impresiones se me perdió y hasta ahora, casi treinta años más tarde, lo rescato del olvido. Al leerlo de nuevo me percato de que aquel México de 1994 mucho se parece, en sus calamidades, reclamos y conflictos, con el México de hoy mismo. He aquí lo escrito:

Viene de Mexicali -me dijo de entrada, ya sentados en su estudio-. Cuando pienso en Mexicali pienso en norteamericanos. Le dije que mejor pensara en chinos, que esos son nuestros pioneros. Se rio al saberlo. Lo mismo hizo cuando supo que yo era médico.

Esteban Cantú: Carrancista, se decía. Sí, fue enemigo de mi padre. Odiaba a los que fueran zapatistas y mi padre lo era. Por eso el encono, la persecución.

Ensenada: Mis padres estuvieron una corta temporada en ese puerto. Mi madre recordaba la playa, los mariscos, los ostiones frescos. Para ella fue un tiempo feliz. Para mi padre, como usted sabe, fue puro pleito. Pero la vida familiar fue de recién casados.

Ernesto Trejo. Le pregunté si conocía a este poeta bajacaliforniano. Me dijo que sí. Cuando le dije que había muerto años atrás, se impactó al saberlo. Creía que vivía aún en California.

Juan Martínez, el poeta, y sus hermanos. Entre los beatos de la academia y los beatos de la iglesia, me quedo con libertinos como Juan. Son más divertidos.

Elizabeth Bishop. La conocí muy bien. Fue una amiga cercana. Los últimos años de su vida sufrió mucho. Pero la vida de los poetas no es lo que se debe recordar sino su legado. En su caso, los poemas que escribió, las opiniones que tuvo sobre el acto de la escritura.

Robert Frost: Lo llegué a visitar en su casa. Era correoso, como los árboles en invierno. No hablaba mucho pero cómo te veía: con ojos de lechuza.

México en 1994: Tengo miedo de lo que venga de toda esta situación. México puede dividirse fácilmente. Los dos bandos, el gobierno y los zapatistas, están endureciendo posiciones. Hay muchas manifestaciones, pero poco diálogo. Y sin diálogo sólo habrá más confrontaciones. No sé cómo lo vean ustedes desde allá, en el norte, pero la violencia nunca está muy lejos de las palabras que azuzan a unos y a otros.

Frontera: Yo viví de niño del otro lado. Fui migrante, en cierto modo. No olvido la extrañeza que sentía en aquella tierra, hablando otra lengua. Pero ustedes viven en México. Saben las ventajas y desventajas de ambos mundos sin sentirse extraños en ninguno.

La entrevista: Me gustó mucho platicar con usted. Cuando me llamó lo pensé varias veces antes de invitarlo. Pero fue su artículo sobre mi padre el que me convenció. Hubiera sido una traición a su memoria no hacerlo. Y fue muy agradable. Pero tengo que volver a mi trabajo. Usted, como escritor, lo entiende.

Era ya de noche cuando salí al Paseo de la Reforma. Un día frío y lluvioso. Y sentí que necesitaba un momento de sosiego para pensar en todo lo aprendido, una taza de café, una pluma en la mano.

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