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AMLO contra la clase media

Además de los neoliberales, el presidente Andrés Manuel López Obrador tiene otro enemigo formidable: las clases medias.

Además de los neoliberales, el presidente Andrés Manuel López Obrador tiene otro enemigo formidable: las clases medias. A ellas se ha referido, otra vez, en los últimos días, definiéndolas como grupos de la población cuyas características principales son ser “egoístas, clasistas, racistas y ladinas”.

“Son peores, dice López Obrador, que los que tienen más dinero, aunque vengan de abajo se vuelven ladinos y de la noche a la mañana son racistas”. Una frase realmente lapidaria para definir a un sector complejo y heterogéneo. Sin embargo, no es difícil comprender de dónde viene tanto odio de parte del presidente, o de dónde se derivan sus prejuicios hacia estos grupos.

En primer lugar, viene de suponer que los sectores de clase media votaron en contra de Morena en las pasadas elecciones intermedias, sobre todo en algunas zonas de la Ciudad de México y en algunas grandes ciudades del país. Votaron en contra porque, en la percepción de AMLO, son grupos que se dejan “manipular” fácilmente por la propaganda contraria.

Como respuesta a ese rechazo, AMLO arrojó a esos grupos una gran cantidad de calificativos negativos, sosteniendo que las clases medias son consumistas, aspiracionistas, egoístas e individualistas, casi el resultado en última instancia de los regímenes neoliberales que gobernaron en México durante los últimos treinta años.

Es decir, desde su perspectiva, estos grupos surgieron o se consolidaron justamente bajo los gobiernos que adoptaron el neoliberalismo, en el que, como es obvio para este tipo de visiones, el motor principal es el consumo individual, el gusto por lo suntuario, el derroche, pero también el egoísmo y la indiferencia con respecto a las necesidades de los demás.

Esta visión le permite a López Obrador conjuntar a sus dos enemigos: el neoliberalismo y sus “hijos” como serían en este caso las clases medias. Es una visión que revela con toda claridad lo que el presidente quiere construir para el país y cómo lo entiende en este momento.

Siguiendo su lógica maniquea, si en el país se logra “separar” por un lado a los ricos y neoliberales, a las clases medias, pero también a todo lo que está asociado a ello como son los expertos (especialistas), los intelectuales, los académicos y toda esa gente que persigue títulos por todos lados y, por otro parte, en el otro extremo se coloca a los pobres, los humildes, etcétera, entonces se avanzaría hacia un mejor país.

López Obrador no lo dice de esta manera, pero esta es su concepción. En su definición de “pueblo” no entran los sectores de las clases medias. Para él, el pueblo está formado exclusivamente por los pobres, los desposeídos, los grupos indígenas, para los que es necesario crear y construir una “democracia” especial para ellos, con gente más honesta y menos contaminada como la que hay en la clase media.

Así, AMLO construye dos mundos separados: uno de ellos degradado, descompuesto, lleno de valores negativos en donde reina el egoísmo y la corrupción, la mentira y la deshonestidad. En el otro, impera la sencillez, la pureza y la bondad, la sinceridad y, por supuesto, la solidaridad. En el primero están los ricos y las clases medias; en el segundo están los pobres y los más humildes del país.

AMLO gobierna para los segundos, no para los primeros. Su lucha, por lo menos así parece por momentos, no es a favor de los pobres, sino en contra de los ricos y neoliberales, y en contra de aquellos que han saqueado al país y, sobre todo, contra aquellos que, en su visión, se oponen a que el gobierno favorezca a los más pobres.

La pregunta crucial en todo esto es: ¿se puede construir un mundo realmente así? ¿Corresponde a la realidad esta separación? ¿Puede haber un país fracturado, dividido y enfrentado a partir de estas visiones morales y religiosas como las que tiene López Obrador? ¿Un país de buenos y malos, o de héroes y villanos?

No se puede, dicho rotundamente. La perspectiva de AMLO es fantasiosa, redentorista, por más que suene bien en este contexto. El país y la realidad es más compleja de cómo la ve y la entiende López Obrador. No puede haber un proyecto viable si se excluye de él a un sector de la población, por más abominable que sea.

No hay grupos buenos y malos, ni puros y contaminados por el neoliberalismo. Hay, más bien, una enorme complejidad de la que AMLO está huyendo, dándole la vuelta, inventando un futuro y haciendo creer que el país va hacia una “cuarta transformación”, cuando en realidad está retrocediendo.

Y para desgracia del país (o al revés), el tiempo se le está terminado.

*El autor es analista político.

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