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Columna Huésped

El general Porfirio Díaz, oaxaqueño como Benito Juárez y como éste un liberal que luchó por esta causa en la guerra de Reforma y luego contra la intervención francesa en nuestro país, pronto destacó en las filas liberales. Como figura pública, Díaz fue un militar que libró innumerables batallas para mantener libre y soberana a nuestra nación. Gracias a su valor y arrojo salvó a México y por eso logró enorme popularidad desde joven. A partir de 1867, asegurada ya la victoria, se convirtió en uno de los candidatos obvios al poder ejecutivo. En 1876, ya en el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, se alzó en armas no en México sino en los Estados Unidos y llegó a ser presidente de México por la fuerza de las armas y luego, ya con el gusto adquirido, se volvió un dictador hasta que, entre 1910 y 1911, varias facciones revolucionarias (floresmagonistas, maderistas, orosquistas y zapatistas) lo obligaron a dejar la silla presidencial. A estos revolucionarios, don Porfirio los tildó de filibusteros, de invasores que venían a romper la integridad nacional, porque su punto de origen de sus campañas fueron los Estados Unidos y sus primeras luchas armadas se dieron en la frontera norte mexicana, especialmente en Chihuahua con los maderistas y en Baja California con los floresmagonistas, olvidando que estos alzados contra su régimen sólo estaban haciendo lo mismo que él hiciera 35 años antes: dar comienzo una revolución desde el otro lado de la frontera. Eso y más es lo que cuenta un historiador impecable para estos menesteres biográficos: Carlos Tello Díaz y su libro Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. La ambición 1867-1984 (2018). Tello es descendiente del propio general oaxaqueño, pero eso no le impide contarnos las luces y sombras de este personaje que, junto con Antonio López de Santa Anna y Benito Juárez, definieron el siglo XIX mexicano. Si en 1911, los simpatizantes de la dictadura llamaron, sin verdad alguna, a los revolucionarios que venían a liberar a Baja California de su tiranía como filibusteros, en cambio no tuvieron memoria para recordar que Díaz fue, sin duda, exactamente eso, un filibustero, en su asonada de 1876. Dice Tello que el general pidió primero a William Rosencrans, el representante de los ferrocarriles estadounidenses, ayuda económica para su levantamiento y al no conseguirla a tiempo, Díaz resolvió acudir a los empresarios y comerciantes de Texas, recibiendo “dinero de los ciudadanos americanos. Se dijo que la cantidad fue de 50 000 dólares. Se dijo que otros ciudadanos americanos hicieron lo mismo”. Eso ayudó a que don Porfirio pudiera comprar caballos, armamento y tuviera para pagar a los miles de soldados que lo acompañaron, bien pertrechados, cuando cruzó a México por Tamaulipas para dar inicio a su movimiento armado. Por esos actos, el gobierno lerdista acusó al general Díaz –y con toda razón- de ser un filibustero a las órdenes del gran capital extranjero. Pero como don Porfirio salió victorioso con su revolución, tales actos quedaron perdonados y olvidados. La dictadura hecha bajo su mando habló de su revolución como un acto patriótico. Pero cuando la dictadura tuvo que verse ante la insurrección social que fue la Revolución Mexicana, sin morderse la lengua los porfiristas, tanto en Baja California como en el interior del país, acusaron a los revolucionarios de filibusteros, sobre todo en el caso de los floresmagonistas. Y esta acusación parece aun más injusta si recordamos que estos nunca recibieron apoyos de miles de dólares de empresarios o comerciantes estadounidenses, sino que se apoyaron en las aportaciones voluntarias de los simpatizantes del Partido Liberal Mexicano con sede en Los Ángeles, California, que no eran otros que los mexicanos que vivían, como refugiados políticos de la dictadura, en los Estados Unidos. Ahora sabemos qué clase de filibustero fue el general Porfirio Díaz: en cuanto llegó al poder hizo millonarias a las compañías ferroviarias americanas, concesionándoles las principales vías de transporte del país. El dictador pagó con intereses el apoyo recibido para su magna causa. Tal vez por eso duró tanto tiempo como presidente de México: era un socio de confianza y un empleado ejemplar. En cambio, a los revolucionarios floresmagonistas todavía hay quienes, en nuestra entidad, los llaman filibusteros. Lamentablemente, en Baja California, la simpatía por la dictadura filibustera porfirista, por la mano dura y el uso de la fuerza, goza aún de cabal salud. *- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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