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Mar de fondo

Y apenas van 28 días

Han transcurrido apenas 28 días de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador y pareciera que el sexenio ya estuviera a la mitad de su periodo. Han sido tantos los acontecimientos, tantos los debates políticos, tantas decisiones, pero también muchos los errores y no pocas emociones que se agolpan en tan corto tiempo. A la vez que en algunos sectores de la sociedad hay esperanza y elevadas expectativas, en otros hay desazón, temor y preocupación por lo que viene en los próximos años. El momento es confuso.

Para aquellos que pensaron o imaginaron que el cambio de régimen o simplemente de gobierno sería un proceso gradual, con medidas estratégicas de gran alcance, en un contexto de calma y amplio consenso nacional, como se supone que son los cambios profundos, se equivocaron de cabo a rabo. Desde los primeros días de su gobierno AMLO ha asestado golpes de una gran virulencia y adoptado un lenguaje cargado de calificativos contra supuestos adversarios, lo mismo que su círculo más cercano.

Personajes como Ricardo Monreal y Martí Batres en el senado, Mario Delgado en la cámara de diputados o de Yeidkol Polevsky como dirigente de Morena, han utilizado estos días un lenguaje duro y confrontativo contra los supuestos opositores a las decisiones impulsadas ya sea por el presidente o por los legisladores de Morena. Escasean realmente los funcionarios moderados o ecuánimes como lo son, por ejemplo, Marcelo Ebrard o Alejandro Encinas, que a diferencia de los otros no aparecen como si estuvieran librando batallas políticas.

No hay hasta ahora un tema o un problema que en sí mismo haya sido objeto de disputa nacional, salvo quizás el tema del aeropuerto de Texcoco y de alguna forma el presupuesto de egresos del gobierno federal. Pero más allá de los temas, lo que más ha desatado la polémica y la irritación son las formas adoptadas por AMLO frente a ellos, la falta de recursos argumentativos, las consultas a modo y la acusación de corrupción sin demostrarlo fehacientemente.

Con esto lo que busco enfatizar es que, a diferencia de lo que expresa el discurso de AMLO y de sus más cercanos colaboradores, no hay en México (por lo menos hasta ahora) una fuerza real que se oponga al gobierno de López Obrador o que esté buscando descarrilarlo. Lo que hay son resistencias, normales en estos procesos de cambio, intereses contrarios por supuesto, divergencias ideológicas desde luego, pero no hay una fuerza vertebrada cuyo fin sea explícitamente impedir que gobierne AMLO.

Esto es muy importante porque López Obrador intenta hacer creer, como un criterio central de su gobierno, que lo que define este momento en el país y por lo tanto su conducta es una lucha o una confrontación política e ideológica entre fuerzas conservadoras y liberales, como sucedió en el siglo XIX, cuyas cabezas de playa siguen ahí, latentes, listas para asestar un golpe y detener el avance del país. Esas fuerzas conservadoras encarnan en muchas formas y están entre los empresarios, en los medios y de manera especial en el PAN y en otras expresiones “neofascistas”, según AMLO.

Es esta visión distorsionada (de la realidad), maniquea dirían algunos, la que ha llevado en estos últimos días a una situación de crispación política y una confrontación que hacía años que no se vivía en México, como si efectivamente se estuviera reeditando la cruenta lucha que libraron conservadores y liberales en tiempos de la Reforma. La crispación se da en las altas esferas de la clase política, pero también baja hacia los seguidores y simpatizantes de López Obrador.

La pregunta que brota inmediatamente aquí es, ¿por qué AMLO intenta colocar su proyecto de gobierno en la tesitura de una lucha entre conservadores y liberales, utilizando la misma perspectiva para procesar las diferencias y las críticas que sus opositores le hacen? Desde mi punto de vista, lo hace porque de otra manera su gobierno no tendría un carácter épico, y el cambio que se propone no sería histórico si no es venciendo a una fuerza política determinada.

Para que el gobierno de AMLO tenga un carácter histórico o alguna trascendencia tiene que vencer a sus enemigos (o por lo menos hacer creer eso), al tiempo que asegura un apoyo permanente y una fuerza movilizada siempre y en todo momento para oponerse a las fuerzas oscuras que se esconden en el conservadurismo.

En la visión de AMLO y en el grupo que lo acompaña ahora, con excepción de los citados arriba, no puede haber una 4T en el país con un gobierno que apele al consenso e integre a las diversas fuerzas políticas o que reconcilie los intereses de una sociedad plural, sino venciendo o aplastando a todos los enemigos.

El resultado paradójico que puede venir de esta visión es que será el mismo López Obrador el que terminará creando a sus propios enemigos, un enemigo que no existe hoy, por más que se insista en lo contrario.

* El autor es analista político.

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