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Columna Huésped

GABRIEL TRUJILLO MUÑOZ

2001: el futuro que viene

En mi niñez y adolescencia, si no veías la película cuando se estrenaba en los cines no tenías oportunidad de contemplarla por muchos años. No sé por qué pero no vi 2001: una odisea espacial (1968), la cinta de Stanley Kubrick (1920-1998) cuando la estrenaron en Mexicali en 1969 (en aquellos tiempos las películas de Hollywood tardaban un año para llegar a la cartelera mexicana). Durante los siguientes años, cada vez que leía libros o enciclopedias dedicadas al séptimo arte, 2001 aparecía como la gran obra maestra de la ciencia ficción cinematográfica.

Para compensar no haber sido uno de sus espectadores lo que hice fue comprar el soundtrack, el disco que contenía la música de la película. Así me la pasé escuchando un conglomerado de piezas musicales que no parecían tener ninguna relación entre sí. ¿O cómo encajaba un vals como El Danubio azul, una pieza azucarada, buena para los bailes de quinceañera o las películas de Walt Disney, con esas piezas de música electrónica, esas ráfagas de sonidos distorsionados, de voces que se elevaban como salidas del abismo mismo del cosmos?

En 1979, en el Imperial Valley College, finalmente pude ver 2001 en una de las primeras videocaseteras Beta. En vez de contemplarla en una sala de cine con pantalla gigante, la vi en un cubículo de la biblioteca de este centro educativo, en un aparato de televisión. Pero con todo eso en contra, me quedé asombrado ante aquella obra cinematográfica que era, ante todo, una experiencia visual y auditiva antes que una narración convencional del futuro que le esperaba a la especie humana en el aún no alcanzado siglo XXI. Estaba ante un viaje portentoso que no empezaba en el futuro sino a millones de años en nuestro pasado, cuando nuestros antepasados no se diferenciaban de los demás primates que sobrevivían penosamente en nuestro planeta.

2001 me confirmó la singular visión artística de Stanley Kubrick, que no presentaba las convenciones de la ciencia ficción de su tiempo sino que las echaba por la borda. Sí, había astronautas y naves espaciales y viajes por el cosmos, pero lo que a Kubrick más le interesaba eran los problemas de la inteligencia artificial, el uso de la tecnología, el contacto con otras civilizaciones y la poshumanidad. Una obra con final abierto y que dejaba al espectador con más preguntas que respuestas. Las ideas originales vinieron del escritor Arthur C. Clarke, pero Kubrick eliminó casi todos los diálogos y dejó que las imágenes hablaran por sí solas, que ellas junto con la música nos transportaran a mundos desconocidos, a otras realidades. De principio a fin estamos ante una travesía, la de nosotros, la humanidad, en un gran arco evolutivo. Se podría decir que esta cinta es un homenaje a Darwin y su teoría de la evolución impulsada desde la tecnología propia y ajena.

Lo que me sigue asombrando es que 2001 es un trabajo personal, un filme de autor con presupuesto de Hollywood. Sólo hay que comparar los créditos al final de esta cinta, que no pasan de unas cincuenta personas y se me hace mucho, con los centenares sino es que millares que las cintas actuales muestran para hacer sus efectos especiales. 2001 es una película épica hecha por un reducido grupo de genios coordinado por ese genio insuperable que fue Kubrick. Pero hay ciertos elementos que hacen única a esta película: la falta de explicaciones sobre os saltos temporales de la narrativa; las dudas sobre la sanidad o locura de HAL, la computadora y las transformaciones del astronauta protagonista en una habitación anacrónica. Eso es lo que la hace única: los huecos de su trama, las incongruencias lógicas, los enigmas que no se resuelven a satisfacción del público medio. Uno siente, al mirarla, que realmente estamos ante una visión cósmica de nuestro mundo, ante un choque cultural de imprevisibles consecuencias.

2001 es, a más de cincuenta años de su estreno, una obra abierta a la interpretación, a todas las interpretaciones posibles, y eso la libera de los manierismos de su época: no hay música de rock sino valses vieneses, no hay grandes secuencias de lanzamiento de cohetes ni discursos ampulosos sobre la conquista del espacio. El cosmos que aquí aparece es inhumano, extraño, insondable. Una película que nos recuerda que sólo somos inquilinos del universo, que no sabemos lo que nos espera cuando salgamos de nuestro vecindario, cuando llamemos a la puerta de lo desconocido. Porque hacia allá vamos. ¿No es cierto?

* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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