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Ecoanálisis

El guardián de Cerro Prieto

En el lejano año de 1961, un grupo de primos habíamos conseguido la independencia de nuestros padres de quienes heredamos la tradición cinegética, es decir cazar para comer lo cazado. Yo era el mayor y el líder de la jauría con 17 años de edad, mi hermano Oscar el menor con 14. Entre medio estaba mi primo Edmundo Landeros con 16 y su primo Bernardo Olmedo con 15. Si bien ya teníamos experiencia en el manejo de las armas y en cacerías en las acompañamos a nuestros padres, ahora empezábamos a actuar independientemente, pero con conocimiento y consentimiento de los progenitores que confiaron siempre en nosotros.

La noche del sábado preparamos las armas, escopetas medida 12 con cartuchos de alta velocidad para cazar pato, tacos y tortas para el lunch, 25 litros de gasolina amarilla en el tanque de 40 litros del jeep amarillo de mi padre, un CJ-5 de 1955 y los permisos de cacería que por 15 pesos nos permitían cazar patos, gansos, faisanes, codornices, palomas y conejos. No era la primera ocasión que se nos permitía tal libertad, pues en los alrededores de la Laguna México cazábamos palomas, codornices, faisanes y conejo. La novedad en aquel invierno de 1961-1962 era que explorábamos los pantanos de Cerro Prieto, sus volcanes y canales, y su laguna principal.

Antes de salir el Sol dejamos la carretera a San Felipe y tomamos el camino que bordea el Canal Pacífico por el lado Sur, hasta llegar a la curva de las compuertas de madera, en donde nos bajamos del bordo del canal y enfilamos hacia el volcán. Pero nos encontramos el camino cerrado con una cadena. Sin pensarlo mucho, metí la doble tracción y le sacamos la vuelta a los postes que sostenían la cadena cerrada con candado. Luego tomamos el antiguo bordo de protección y que se usó para un ramal ferroviario que acarreaba piedra desde la Sierra Cucapá. Ya aclarando pudimos ver charcos, lagunas, canales y drenes y para sorprender a las ánades.

Entonces todavía no utilizábamos señuelos ni escondites, la técnica de caza era descubrir a los patos y escurrirnos pecho a tierra, más bien al lodo salitroso, hasta alcanzar una distancia de 50 metros o menos y disparar a los pájaros que salían volando en todas direcciones. Aprendimos que si derribábamos uno, había que hacerle guardia mientras que alguno de nosotros era elegido para recuperarlo, casi siempre dentro del agua helada. Si no hacíamos esa guardia, un coyote nos ganaba la presa.

Pero un domingo como hoy de hace 57 años, por la tarde que regresábamos nos cerró el paso un viejo barbado y gruñón. Portaba un rifle 22 y nos amenazó con dispararnos si volvíamos a entrar sin pagar. Él cobraba a la gente que iba a los baños termales, y por más que le dijimos que nosotros sólo queríamos cazar, no nos escuchó. Quizá era uno de los herederos de Daniel Sández, un colono que trabajaba la salina de Cerro Prieto. Continuará.

*- El autor es investigador ambiental independiente.

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