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El Imparcial / Columnas / notamigracion

Mirador

San Virila salió de su convento. Iba a la aldea a pedir el pan para sus pobres.

En el camino vio a un hombre rico y a uno pobre. Hacía frío. El hombre rico iba cubierto con gruesas y lucidas ropas de abrigo; el pobre, en cambio, vestía harapos.

San Virila hizo un ademán y el pobre se vio envuelto en una tibia capa de estameña, que es una tela humilde pero cálida.

El rico vio aquello y le dijo al frailecito:

-Haz un milagro para mí. Yo también quiero una capa, pero la mía ha de ser de armiño, terciopelo y seda, bordada con hilos de oro y plata.

Virila hizo otro ademán, y el hombre rico quedó desnudo en medio del camino. Explicó el santo:

-Perdóname, hermanito, pero de algún lado tenía que sacar los materiales para hacer el milagro que me pedías. Los saqué de la ropa que llevabas.

De este relato de la vida de San Virila desprendo una enseñanza: sólo debemos pedir los milagros que en verdad necesitamos, pues en nuestra vida hay ya muchos milagros.

¡Hasta mañana!...

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