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De historia y algo más

Hans Christian Andersen fue un escritor danés nacido en Odense, Dinamarca; célebre por las magníficas colecciones de cuentos de hadas que publicó entre 1835 y 1872. Son creaciones suyas, relatos como 'El patito feo', 'La sirenita' y 'Los soldaditos de plomo', tan divulgados y conocidos que a veces son tenidos por cuentos tradicionales anónimos. En uno de sus cuentos relata que había un Emperador muy aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todos sus ingresos en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados ni por su pueblo, nunca salía, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía uno distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en reunión”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está con el sastre”. A la ciudad en que vivía el Emperador todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros. Una vez se presentaron dos embaucadores que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida. ¡Deben ser trajes magníficos! –pensó el Emperador–. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. De inmediato mandó un buen anticipo para que pusieran a confeccionar trajes con las maravillosas telas. Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche. Me gustaría saber cómo van mis trajes, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz. "Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores, es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él". El viejo y digno ministro se presentó en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. "¡Dios nos ampare! –pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas–. ¡Pero si no veo nada!". Sin embargo, no dijo nada, los dos tramposos le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el corte. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. "¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela".

El autor es ex presidente de la Federación de Colegios de Ingenieros Civiles de la República Mexicana.

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