Edición México
Suscríbete
Ed. México

El Imparcial / Columnas / notamigracion

De historia y algo más

La historia de la corrupción en nuestro país se remonta a los tiempos de la Conquista. En todos los países del mundo existe corrupción, México no es la excepción, pero para entender cómo se arraigó este mal en nuestra sociedad, habría que encaminarnos hacia su origen, en el momento mismo de la caída de México-Tenochtitlan. Al enterarse el Rey de España Carlos V, de la caída de la capital azteca, éste le prohibió a Hernán Cortés la aplicación del sistema de encomiendas sobre la población indígena, este fue un sistema que aplicaron los españoles a la población indígena en la Antillas (1495), donde cada español tenía a su servicio a miles de indígenas que, debido a lo arduo del trabajo, la mala alimentación y a las enfermedades europeas terminó por sucumbir y despobló aquellas islas. Cortés, a pesar de la orden del Rey que indicaba que los indios eran vasallos libres de la Corona y como tales no deberían de ser encomendados a particulares, hizo caso omiso de la indicación e inició el reparto de los pueblos indios entre los miembros de su ejército. Así pues, terminada la rendición de Tenochtitlan, inició en Coyoacán el nombramiento de 500 españoles que quedaron a cargo de otros tantos pueblos. A varios de estos burdos e ignorantes soldados les tocó la tarea de iniciar la flamante dominación española en América. Cada encomendero dominaba a plenitud su señorío, era como una especie de rey local; así, podía atacar cualquier subordinación incluso de los caciques que prevalecían desde la época prehispánica a quienes nombró en algunos casos sus auxiliares para la recolección de los tributos y a quienes dotó de armas y caballos para su mejor desempeño. No debe olvidarse que la Corona nunca entrego a los colonizadores de las Américas puestos en el gobierno de la Nueva España por mérito propio, sino a cambio de dinero. Los cargos de gobernador, notario o juez se asignaban mediante venta; luego, una vez comprada era muy difícil que la persona beneficiada no actuara como dueña de la institución a su cargo. Por supuesto que el cargo público era concebido como un espacio privado o como un atributo del patrimonio económico de quien pagó por ese puesto y por lo tanto esperaba una jugosa ganancia. Pero la corrupción venía igualmente desde arriba; por ejemplo, el primer virrey, Antonio de Mendoza, fue acusado de recibir dádivas y presentes por parte de algunos encomenderos para aumentar los beneficios de los que gozaban o para acrecentar sus extensiones territoriales. El mismo Virrey fue acusado de embolsarse 2 mil ducados de oro anualmente durante los 19 años de su gobierno, los cuales habían sido asignados por el rey Carlos V para los salarios de las personas que estaban a cargo de su cuidado. Era evidente que si la cabeza del Virreinato promovía la corrupción, sus subordinados seguían tan lamentable ejemplo. En el México actual en vez de hablar de una cultura de la corrupción, es necesario hablar de una estructura social que la inhiba. No debemos olvidar que funcionarios públicos o de elección popular, sin estudios o sin capacidad para el puesto que ocupan es otra forma de corrupción. No es ocurrencia poner al frente de un proyecto aeroportuario a un ingeniero agrónomo, es corrupción. Lo que mal empieza mal termina.

El autor es ex presidente de la Federación de Colegios de Ingenieros Civiles de la República Mexicana.

En esta nota