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Exégesis

EDITORIAL

Desde el pasado, los hombres han tratado de dejar huella mediante graffiti en las paredes, en los techos de las cuevas; ahí está como testimonio de la humanidad la Venus de Willendorf, después viene la palabra hablada, la escritura, la radiofusión, la televisión y por último las llamadas redes sociales. Transmisiones de información sin censura ni límites, llegando en ocasiones al exceso anárquico, daño a la reputación de las personas, empresas y gobiernos, sin más limitantes que el criterio del locutor o el redactor de una determinada información.

Se ha empezado a discutir, si es válido en honor a la libertad de expresión, llegar a calumniar sin pruebas y en ocasiones, por simple ocurrencia. Los daños que esta libertad puede traer en consecuencia pueden ser de carácter patrimonial, y sus consecuencias pueden ser incalculables.

Por otra parte, para otras personas, la solución es legislar sobre la materia, el uso y comercio de las redes sociales con el menor número de obstáculos para garantizar el pleno ejercicio de la libertad de información y como consecuencia, una vida en sociedad más libre, porque el ciudadano se expresa sin atajos y se llega el caso de enjuiciar a los malos gobernantes por una vía de comunicación que no conoce los miedos, y que su pretensión es llegar a la verdad y contra los abusos de los malos gobiernos.

Así chocan dos principios, el autoritarismo antidemocrático por un lado, y por el otro, el uso de una información sin tapujos que permita vivir en el ejercicio de la libertad, pero limitada en un mínimum que impida que afloren las venganzas, los malos sentimientos y la histeria popular, evitando así la anarquía, que generalmente trae como consecuencia la reacción militarizada.

Ni el abuso de la libertad, ni el abuso de la autoridad, son principios que manejó el racionalismo francés. La cuestión es, ¿Quién va a reformar la Constitución?, ¿Bajo qué filosofía?, ¿Quiénes serán y con qué criterio, los jueces que la apliquen?

Lo que ya no es admisible, es el control de medios en forma violenta, física, moral o a través del famoso llamado chayotazo.

La solución a este dilema, lo podemos encontrar en la creación de los tribunales llamados de ética, que más que jurídicos, examinan el apego a los valores sociales por parte de quien pretende ostentarse como comunicador formal o a través de las redes sociales.

* El autor es catedrático de la UABC.

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