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Cuarto de milla

'El Vestido de la Primera Dama' Es un vestido azul de encaje, de diseñador mexicano, el centro de la atención. Ese que usó la Primera Dama de México en una visita oficial a España, en la cena de estado con la monarquía y que quedó para el recuerdo en miles de fotografías. Pues bien, el vestido fue una de las noticias que más ha llamado la atención esta semana. Se dice que la Sra. Angélica Rivera volverá a usar esa prenda en la ceremonia del grito. Parece tema superficial pero no lo es. No se trata de hablar de moda sino del uso de los recursos públicos para cumplir los lujosos caprichos de los familiares de los gobernantes que viven del trabajo de los mexicanos. La noche del grito es uno de símbolo más contundentes de que a veces México parece más una monarquía que una república. El presidente y su esposa se presentan como reyes desde un balcón ante un pueblo empobrecido. Si supieran las personas que están en la plancha del zócalo, lo que sucede a unos metros, tras las gruesas paredes del palacio, gritarían, pero de rabia. Dentro del recinto oficial todo es lujo, elegancia, excesos. Los invitados son una especie de cortesanos. De rigor, los miembros del gabinete y sus familias son quienes hacen la reverencia a su jefe; una reverencia, literalmente y en toda la extensión de la palabra. Y también son quienes gozan de los privilegios como el de ocupar los mejores lugares en los balcones para apreciar la noche del grito. El resto de los invitados son representantes de diversos sectores. Por lo general, del sector empresarial solo acuden los que son muy amigos del presidente, los otros tienen demasiado dinero para desperdiciar el puente y se van de viaje. Les da flojera el "besamanos". De los demás ámbitos se invita un "poco de todo": representantes del Congreso de la Unión, intelectuales, líderes religiosos, de opinión, deportistas destacados, cuates de los hijos de la pareja presidencial en turno, alguna secretaria consentida, etc. Los invitados que invariablemente destacan por correctos y respetuosos, son los militares; admirables, siempre. Claro, cada presidente tiene su estilo, desde la sobriedad de Ernesto Zedillo acompañado siempre por el rostro sombrío de su esposa, hasta la rigidez de Peña Nieto que se mueve con protocolos dignos del Rey Sol, Luis XVI. Y entre esos sexenios el alboroto que armaba Marta Sahagún para su propio lucimiento y para alegrar a Vicente Fox, hasta Felipe Calderón que trataba de ser popular organizando verbenas costosísimas en el patio del palacio con Doña Margarita tratando de ocultar el despilfarro de las fiestas de su marido tras un chal mexicano. En esta ocasión cambia el formato de la fiesta interna en Palacio Nacional. Dicen que serán pocos invitados, algunos "del pueblo", que no habrá cena y hasta parece que el famoso vestido de la Sra. Rivera será usado por segunda vez. Ojalá. Aún más, debería repetir todo el extenso vestuario que ya ha sido adquirido con nuestros impuestos para usarlo durante los dos años que le quedan a su esposo en el cargo. Aunque alguien diga que no es un gran ahorro, de algo servirá, por ejemplo para cubrir algún sueldo de su propio staff. Es en Los Pinos en donde queremos ver el ejemplo de apretarse el cinturón. La ostentación ofende. La Primera Dama actriz no debe caer otra vez en la tentación de usar como pasarela el largo pasillo que conduce al balcón principal de Palacio Nacional. Austeridad para los políticos, eso es lo que pedimos hoy, en un grito, los mexicanos. *- La autora es periodista.

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