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De historia y algo más

El Corán contiene algunas instrucciones contradictorias para los musulmanes respecto a los judíos. En un punto se instruye a los musulmanes a tratar a los judíos como hermanos, y en otro, ordena a los musulmanes a atacar a los judíos que rehúsen convertirse al Islam. La rápida expansión del Islam se debió a la situación de debilidad interna en que se encontraban los imperios bizantino y sasánida, agotados por sus continuos enfrentamientos; por otra parte, ninguno de los dos concedió mucha importancia a las expediciones árabes, y cuando quisieron reaccionar fue demasiado tarde. También hay que tener en cuenta la superioridad militar de los invasores, que disfrutaban de gran movilidad merced a un armamento ligero formado por sables, arcos y lanzas, mientras sus enemigos se veían paralizados por pesados equipos. Además, su dominio de las rutas ancestrales les permitió colocar campamentos en lugares estratégicos. A sus éxitos también contribuyeron la capacidad directiva de algunos califas que contaron con jefes militares brillantes, así como el sentimiento religioso del pueblo árabe (que facilitó el triunfo sobre adversarios que se mostraron débiles y desunidos) y una relativa tolerancia para con las poblaciones conquistadas. En tanto que apóstol de Dios, Mahoma no tenía prevista su sucesión. Estaba convencido de que él era el enlace entre Dios y los hombres, y pensaba que el portador real de su autoridad no era, de hecho, él mismo, sino la comunidad como un todo y la ley divina que la guiaba. Esta imprecisión trajo consigo los primeros problemas en el seno de la Umma tras la muerte del Profeta, acaecida en el 632. La desaparición de Mahoma estuvo a punto de destruir el edificio político y social que había empezado a construir. Las horas que siguieron a su muerte fueron las más críticas de la historia del Islam, debido a la rivalidad entre los miembros de su familia y la aristocracia Quraishí a la hora de decidir quién debía reemplazarle como jefe de la Umma. Fue el grupo más íntimo de sus discípulos el que resolvió la situación, eligiendo para sucederle a Abu Bakr, suegro y amigo del Profeta, que recibió el título de califa (Jalifa Rasul Allah), es decir, "sucesor del enviado de Dios". Tras la muerte de Mahoma, el principal objetivo era lograr la unidad en Arabia, sometiendo a las tribus rebeldes, y afirmar, con ello, la supremacía del Islam, asunto que en menos de un año resolvería Abu Bakr al vencer las resistencias locales e imponer el dominio del Islam en casi toda Arabia, lo que permitió iniciar la expansión por Siria, Palestina, Mesopotamia, Persia y Egipto. Siguiendo la ruta utilizada en otro tiempo por los árabes en sus movimientos hacia tierras más ricas, los musulmanes llegaron a los confines de Palestina, donde su victoria sobre los bizantinos en Aynadayn les permitió conquistar toda Siria en poco tiempo (en el 635 tomaron Damasco). Un nuevo triunfo en Yarmuk facilitó la ocupación de Jerusalén, que fue considerada desde entonces como la segunda ciudad santa del Islam, después de La Meca. El autor es ex presidente de la Federación de Colegios de Ingenieros Civiles de la República Mexicana.

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