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“Está claramente delirante”: Exfuncionarios de Donald Trump se suman al debate sobre su salud mental y 61% de estadounidenses cree que se ha vuelto más errático con la edad

Los comentarios han llevado a una parte de la opinión pública a percibir al presidente como un autócrata trastornado con un creciente delirio de poder.

“Está claramente delirante”: Exfuncionarios de Donald Trump se suman al debate sobre su salud mental y 61% de estadounidenses cree que se ha vuelto más errático con la edad

ESTADOS UNIDOS.- La salud mental del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ha convertido nuevamente en un tema central del debate público estadounidense.

Una serie de declaraciones recientes, calificadas por analistas y adversarios como erráticas, incoherentes y extremadamente beligerantes, han reavivado una discusión que ha acompañado al mandatario durante más de una década en la arena política.

De acuerdo con un análisis publicado este martes por The New York Times, así como con los datos recabados por encuestas de Reuters/Ipsos y YouGov, el comportamiento imprevisible del presidente en los últimos días ha dejado de ser una simple crítica partidista para convertirse en una preocupación que trasciende las fronteras ideológicas, alcanzando a antiguos aliados, generales retirados y diplomáticos extranjeros.

Las declaraciones que encendieron cuestionamientos sobre su estado mental

El punto más álgido de la controversia actual se registró durante la semana pasada; en un lapso de pocos días, el presidente Trump realizó dos declaraciones públicas que generaron una ola de reacciones tanto dentro como fuera de Estados Unidos.

La primera de ellas fue una amenaza directa contra Irán, pues a través de sus plataformas digitales, el mandatario advirtió que “toda una civilización morirá esta noche” si el conflicto con la nación persa escalaba.

La segunda declaración, ocurrida el domingo por la noche, fue un ataque dirigido contra la máxima autoridad de la Iglesia Católica, el papa León XIV, a quien calificó como “DÉBIL contra el crimen y terrible para la política exterior”.

Estas manifestaciones se suman a una larga lista de intervenciones públicas descritas como “deshilvanadas” o “difíciles de seguir”, las cuales han llevado a una parte de la opinión pública a percibir al presidente como un autócrata trastornado con un creciente delirio de poder.

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La respuesta de la Casa Blanca y la defensa de sus aliados

Ante el creciente escrutinio, la administración Trump ha rechazado categóricamente cualquier insinuación sobre problemas de salud mental.

La postura oficial es que el presidente se encuentra en pleno uso de sus facultades y que su estilo de comunicación es una táctica deliberada.

Davis Ingle, portavoz de la Casa Blanca, defendió la agudeza del mandatario en un correo electrónico citado por The New York Times: “La agudeza del presidente Trump, su inigualable energía y su accesibilidad histórica contrastan con lo que vimos en los últimos cuatro años”.

Ingle argumentó que las críticas actuales son una distracción frente al deterioro físico y mental que, según los republicanos, caracterizó la administración de Joe Biden.

En la misma línea, algunos columnistas conservadores como Liz Peek, colaboradora de Fox News y The Hill, sostienen que se trata de una estrategia de negociación calculada.

“Trump sabe exactamente lo que hace”, escribió Peek. “Trump seguirá utilizando una presión militar y diplomática maximalista (y a veces escandalosa) en su campaña para librar a Medio Oriente de la campaña de casi 50 años de terror de Irán”.

Los periodistas levantan la mano para hacer preguntas mientras el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ofrece una rueda de prensa en la Sala de Prensa James S. Brady de la Casa Blanca en Washington, D.C., EE. UU., el 6 de abril de 2026. REUTERS/Evan Vucci/Foto de archivo

El propio presidente respondió a los cuestionamientos de manera desafiante cuando un periodista le preguntó directamente sobre su estado mental. “No he oído eso”, afirmó. “Pero si ese es el caso, tienen que tener más gente como yo, porque nuestro país ha sido estafado en el comercio, en todo, por muchos años hasta que yo llegué”.

Las críticas no se tratan únicamente de los demócratas o de los comediantes de televisión, las dudas sobre la estabilidad del presidente han comenzado a surgir con fuerza dentro del espectro conservador.

La exrepresentante republicana por Georgia, Marjorie Taylor Greene, quien recientemente se distanció de Trump, abogó abiertamente por invocar la Vigesimoquinta Enmienda constitucional para remover al presidente por incapacidad.

En una entrevista con CNN, Greene calificó la amenaza de destruir la civilización iraní no como “retórica severa”, sino directamente como “locura”.

Otras voces influyentes de la derecha mediática se sumaron a la condena. Candace Owens, personalidad de pódcasts de extrema derecha, lo llamó “lunático genocida” . Alex Jones, fundador de Infowars, afirmó que Trump “balbucea y parece que al cerebro no le está yendo muy bien”.

Incluso personas que trabajaron directamente con él en su primer mandato han alzado la voz: Ty Cobb, exabogado de la Casa Blanca, declaró al periodista Jim Acosta que el presidente es “un hombre que está claramente delirante” y que sus publicaciones beligerantes a medianoche “reflejan el nivel de su locura”.

Stephanie Grisham, exsecretaria de prensa de Trump, fue contundente en redes sociales al escribir que “está claro que no está bien”.

Trump no tardó en contraatacar con un mensaje extenso y airado dirigido contra Owens, Jones, Megyn Kelly y Tucker Carlson: “Tienen una cosa en común: un bajo coeficiente intelectual. Son personas estúpidas, ellos lo saben, sus familias lo saben y todo el mundo lo sabe... Son LOCOS, PROBLEMÁTICOS”.

Una encuesta de Reuters/Ipsos realizada en febrero reveló que el 61% de los estadounidenses cree que Trump se ha vuelto “más errático con la edad”

El contraste con años anteriores es notable. Solo el 45% de los encuestados afirmó en ese mismo estudio que el presidente es “mentalmente agudo y capaz de afrontar los desafíos”. Esta cifra representa una caída significativa frente al 54% registrado en 2023.

Otra encuesta, realizada por YouGov en septiembre, mostró que casi la mitad de los estadounidenses (49 por ciento) considera que Trump es “demasiado grande” para ocupar la presidencia.

Este porcentaje aumentó drásticamente desde febrero de 2024, cuando solo el 34% opinaba lo mismo.

El debate sobre si el comportamiento de Trump es una actuación táctica o un síntoma de desequilibrio no es nuevo. Algunos analistas lo comparan con la “Teoría del Loco” atribuida a Richard Nixon.

Según esta teoría, Nixon instruyó a Henry Kissinger para que hiciera creer a los negociadores norvietnamitas que el presidente estadounidense era inestable y capaz de cualquier cosa con tal de forzar un acuerdo favorable.

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El propio Trump ha coqueteado con esta “técnica”; en su primer mandato, le dijo a Nikki Haley, su embajadora ante la ONU: “Hazles creer que estoy loco”, refiriéndose a Corea del Norte.

Incluso le preguntó retóricamente a su exfiscal general William P. Barr: “¿Sabes cuál es el secreto de un tuit realmente bueno? La cantidad justa de locura”.

Sin embargo, en declaraciones recientes al New York Post, Trump aseguró que, al menos en lo que respecta a su amenaza sobre Irán, no estaba fingiendo: “Estaba dispuesto a hacerlo”.

Julian E. Zelizer, historiador de la Universidad de Princeton y editor de un libro sobre el primer mandato de Trump, ofrece una perspectiva clave.

Zelizer señaló que, a diferencia de la era de Nixon, “gran parte de esto está sucediendo en público”, amplificado por las redes sociales.

Y añadió una observación crucial sobre la dinámica interna de la actual Casa Blanca: “A diferencia del primer mandato, no hay asesores como John Kelly que consideren que es su responsabilidad evitar que Trump vaya demasiado lejos. Cuando hace lo que hace, todos los que lo rodean miran abajo y no dicen nada”.

A pesar del creciente clamor demócrata y de figuras como Marjorie Taylor Greene para invocar la Vigesimoquinta Enmienda, esta posibilidad es, por ahora, políticamente inviable.

Para que la enmienda prospere, se requiere el voto mayoritario del gabinete presidencial y la ratificación del Congreso, los legisladores republicanos en el Capitolio mantienen, al menos públicamente, una lealtad férrea al presidente.

El disenso expresado en los medios no se ha traducido en una rebelión institucional, por lo que el debate, aunque ruidoso, carece de consecuencias prácticas inmediatas sobre la permanencia de Trump en el cargo.

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